martes, 26 de julio de 2011

Manual de instrucciones para veletas


El 1 de agosto viajaré al Polo Norte o al Sur, no lo sé todavía. Estaré una semana o cinco días porque no me gustan los viajes largos y antes de salir ya pienso en la vuelta, en la tranquilidad cotidiana del hogar con la maleta vacía y guardada en el estante más alto del armario empotrado. Para un periodo tan breve será mejor elegir el trayecto más corto, sí, creo que me decidiré por el Polo Norte.
Empiezo a redactar mi lista de equipaje con lo imprescindible y lo accesorio. Lo accesorio diferencia al viajero, define su personalidad, y la personalidad es muy importante, “Sé tu mismo” o “Sé tu misma”, “Be water my friend”, proclama la cultura coca-cola en boca de Bruce Lee que era chino y decía lo mismo y lo contrario a la vez: adáptate a las circunstancias como el agua a la taza y al calor para ser tu mismo. Entre lo imprescindible destacaré el cargador del teléfono móvil, que es Nokia, y, aunque en el círculo polar ártico será facilísimo encontrar un cargador de esta marca, es mejor llevarlo a mano desde el principio; no olvidaré el cepillo de dientes, el dentífrico blanqueador y el elixir Licor del Polo; una brújula; mi nuevo ordenador portátil y el ipod. La lista de accesorios es más larga, tampoco me extenderé en detalles y señalaré, por ejemplo, el estuche de acuarelas Rembrandt para paisajes blancos, el bloc de papel acuarelable surtido con hojas de diferentes tonalidades blancas para acuarelistas esquimales y los pinceles de marta kolinsky; la cámara de fotos full frame; el trípode Manfroto y mis lecturas de verano para el Polo: “Mi visión del mundo” de Albert Einstein, “Nord” de Céline con el diccionaro “Larouse” porque el francés de Céline no resulta fácil, una versión bilingüe ingles-español de textos de William Morris bajo el título “Arte y Artesanía”, la edición Valdemar de “Franz Kafka cuentos completos (textos originales)”, que reúne ediciones autorizadas de Kafka y escritos que no han sido filtrados ni alterados por Max Brod amigo y artífice de la recuperación de la obra del escritor, y “Estrella distante” de Roberto Bolaño.
Desconozco si las expediciones de Peary, Cook, Shackleton, Scott y Amundsen llevaban o no una veleta entre sus equipamientos. Pero yo sí, yo añadiré una veleta en mi lista como accesorio necesario. Tampoco sé si “accesorio necesario” forma un oxímoron porque es mejor oxímoron un “accesorio imprescindible” y tal vez debería escribir dos listas: una de accesorios y otra de imprescindibles para poner los imprescindibles en la lista de accesorios y viceversa y así obtener dos listados de oxímoros: mis oxímoros personales, porque, como ya he referido antes, lo accesorio define al viajero y mi espíritu multiplicaría oxímoros privados si intercambiase el listado de accesorios esenciales con el de imprescindibles opcionales.
Las dudas llegan acompañadas y la veleta me trajo muchas y muy importantes referidas a su modo de uso: ¿Cómo instalar una veleta correctamente orientada en el Polo Norte? ¿La instalaré en el Polo Norte magnético o en el Polo Norte geográfico? ¿En cualquiera de los dos casos, cómo la orientaré hacia el este y al oeste para que me indique la dirección de los vientos?
La veleta se compone de un eje vertical sobre el que se prolonga y gira un plano de oposición contra los vientos y una flecha que indica la dirección de la resistencia. Debajo, en un plano perpendicular se coloca un aspa o cruz griega que señala los puntos cardinales. Una veleta se instala fácilmente orientando el norte del aspa hacia el norte magnético con la ayuda de una brújula. Pero en el Polo Norte las brújulas fallan, justo sobre el Polo magnético la aguja da vueltas locamente sin parar, cerca del Polo la aguja señala al sur o a cualquier otro punto sin ninguna precisión. Una veleta en el Polo Norte siempre apunta al sur. Los cuatro extremos del aspa miran al sur y dos de los extremos también deberían mirar uno al oeste y otro al este, pero me faltan recursos para orientar correctamente estos dos puntos cardinales con los extremos del aspa. Mis conocimientos de niño boy scout son insuficientes porque el Polo Norte geográfico está sobre el Océano Ártico donde, evidentemente, no crecen árboles para rastrear el musgo hacia el norte en las cortezas, y, en verano, el sol allí no se pone, no podré avistar la estrella Polar en el cielo nocturno; todo se complica aún más porque tampoco podré localizar el este y el oeste fijándome en la salida y en la puesta del astro rey. ¿Necesito un navegador GPS? ¿Qué es eso y cómo funciona? Mejor me compro una cámara compacta con GPS incorporado, así, mientras saco fotos de viaje, conseguiré orientarme, encontrar el Polo Norte geográfico y situar mi veleta con la cruz mirando al este y al oeste además de al sur. Sí señor, una buena compacta con GPS. ¿Pero cuál elegir? ¡Vaya lío! El catálogo de compactas es infinito. No lograré decidirme antes del fin del verano. Si busco una cámara de esas, no saldré hasta dentro de unos meses, cuando el Polo Norte esté en medianoche permanente y todas las fotos saldrán oscuras, un desperdicio porque las compactas toman fotos horribles cuando hay poca luz, imágenes con “mucho ruido en las sombras” sobre el que discuten en sus aburridos foros los canonistas, nikonistas, panasonistas, samsungistas, fugistas, ricohistas olimpusistas sonystas pentaxistas y etceteristas. De cualquier forma, mi experiencia de fotógrafo me dice que la electrónica de las cámaras falla a temperaturas bajas. Quizá el clima de verano en el Polo Norte no sea tan extremo para Amundsen como para una cámara digital compacta. ¡Un mar de dudas!, eso es lo que me sugiere el Océano Ártico. Así que apunto entre los accesorios de mi lista mi única cámara mecánica: mi vieja y pesada Mamiya RB de formato medio –me perderé y me hundiré en el hielo con ella, pero las fotos serán extraordinarias– y aparece Fofito Grillo a darme la tabarra con todo lo que se ha leído en los foros de canonistas, nikonistas, panasonistas, fugistas, ricohistas olimpusistas sonystas pentaxistas y etceteristas. ¡Qué pesado eres, Fofito Grillo! ¿A qué vienes ahora con la rayada polémica entre fotografía digital y analógica, zanjada y resuelta a favor de la primera? ¿Y qué manera de hablar es esa? ¿Desde cuando llamas fotografía analógica a las fotos de toda la vida? ¡Déjame terminar mi lista, grillo pelma! Ya conoces el enojo que me provoca decidir sobre algo, y esto del Polo me esta resultando más difícil de lo que pensaba: la veleta me da muchas vueltas en la cabeza. Tropiezo con una dificultad añadida: necesito una veleta con el aspa de orientación rematada por cuatro “S” de sur y también con una “O” de oeste (o “W” si se prefiere el inglés internacional)) y una “E” de este. Una veleta especial que no señale al norte porque ya estaré en el norte, que tengo que fabricar yo mismo o comprar en el destino, donde deberé encontrar alguna ferretería con artículos de ese tipo, porque ahora es vacación y no puedo encargar a un taller de calderería que me fabrique un aspa especial para veletas de Polo Norte antes de mi partida.
Demasiados problemas. Voy a recapitular mientras Fofito Grillo me sigue comiendo la oreja con las ventajas de la fotografía digital, el formato Raw y sus conversores, el Capture One mejor que el PhotoShop Camera Raw dónde va a parar, el rango dinámico, los perfiles de color, la absurda carrera de los megapíxeles porque, si no pretendes empapelar toda la casa con una sola fotografía, no necesitas para nada tantos píxeles, lo importante es la calidad que se consigue con unas buenas lentes alemanas y demás topicazos fotodigitales: no soporto a Fofito Grillo. Como decía, recapitulemos: Los últimos veranos me aborda el antojo de viajar al Polo, quiero ir al polo Norte [1]; redacto una lista con los artículos accesorios e imprescindibles de mi equipaje [2]; lo accesorio define al viajero más que lo imprescindible [ 3]; “accesorio imprescindible” es un oxímoron [4]; no hace mucho que conozco la palabra “oxímoron” y por eso la calzo en este texto como sea; muchas de las obras que realicé mientras ejercía de artista llevan por título un oxímoron –“Oxímoron” sale mucho en textos de Borges y me suena a antiinflamatorio y  a complejo vitamínico o vigorizador sexual. “Tómese un oxímoron, su pareja lo agradecerá, consiga un par centímetros extra”. También puede sonar a magrebí alto teñido de rubio platino si se pronuncia aguda en vez de esdrújula– [5]; anoto una veleta entre los accesorios y se me plantean graves dificultades para instalarla correctamente porque el Polo Norte “es el único lugar de la Tierra donde todas las direcciones son sur”, anuncian las agencias de viajes y expediciones árticas [6]; si me pierdo en el metro de Bilbao con sólo dos líneas, ¿cómo podré orientarme entre la orografía y climatología del círculo polar ártico? [7]; llegar al Polo Norte a pie en verano es algo peor que desaconsejable [8]; Fofito Grillo ya me sugirió que, por el deshielo de estas fechas, es mejor ir al Polo Sur que está en un continente de tierra firme, pero como me saca de quicio prefiero llevarle la contraria, sin contar que ahora, en el Polo Sur, es invierno y las condiciones atmosféricas lo hacen incompatible con la vida [9]; sospecho que Fofito Grillo quiere deshacerse de mí [10].
¿Saben qué? Me reafirmo en lo que he escrito ya tres veces. Que los accesorios definen al viajero, y esta veleta me define, porque me plantea problemas que no me atrevo a resolver sobre el terreno. La veleta me impide viajar al Polo y me califica como alguien que no sabe por dónde sopla el aire. Cambio de opinión y me rajo. Soy un veleta. Me quedaré otro agosto en casa pegado al ventilador, en la sombra y leyendo publicaciones sobre expediciones pioneras a los círculos polares, ilustradas en blanco y negro con barcos encallados en el hielo, occidentales cejudos y barbudos embozados en piel de foca al lado de esquimales, trineos tirados por perros o ponis, icebergs y otras estampas refrescantes.
Me veo confortablemente instalado como un intrépido viajero sedentario en este final de la aventura: final feliz con oxímoron.

Roald Amundsen en el Polo Sur, el 14 de diciembre de 1911
  


martes, 21 de junio de 2011

Un nuevo verano

Vendrán otras. Hoy, a la siete y dieciséis de la tarde, se marchó esta primavera en la que una serie de acontecimientos me han impedido atender esta impoética como hubiera deseado. El pasado viernes entregué, en la ventanilla correspondiente, las tareas que me han venido ocupando y me han privado de la primavera, de las alergias y hasta de la luna de sangre. Porque este último plenilunio no puede ver el eclipse. Lo escuché por la radio sí, pero no es lo mismo.
–La luna de sangre protagoniza esta hora dedicada al flamenco –decía el locutor en el programa “La nube”–. Nosotros, encerrados en los estudios de Radio 3, no podemos disfrutarla pero invitamos a los oyentes a asomarse a la ventana.
Yo tampoco podía ver nada enclaustrado en mi taller para terminar las maquetas de los proyectos que debía presentar antes del viernes. Decidí salir a la calle del barrio de inmigrantes y de trabajadores donde tengo mi taller. El cielo era azul claro, a las diez no era de noche. Esperé a las diez y media, el cielo se volvió añil pero no veía la luna. Me acerqué hasta una campa habilitada como eterno aparcamiento provisional. Tampoco se veía la luna. Verdaderamente es un barrio bajo y humilde. En el centro del aparcamiento, nada pequeño por cierto, las casas mejor construidas de los terrenos altos y aireados encerraban nuestro cielo en un polígono donde no entraba la luna. Detrás de una fila de estos edificios se intuía un resplandor violeta procedente del eclipse anhelado, aunque también podía deberse a un reflejo del alumbrado público de los barrios más altos. La luna de sangre radiofónica resultó ser una pija caprichosa que no quería asomarse por un suburbio con artista anfibio, con gitanos, con inmigrantes magrebíes, subsaharianos, de América latina, de Europa del este, y familias de payos que hace décadas llegaron desde distintas regiones para trabajar y vivir junto a la fábrica de piensos Sanders. Se trataba de una luna modernita y consumista que no ha leído a García Lorca pero se ha visto todos los DVDs de la saga “Crepúsculo” con “Eclipse” incluido. De vuelta en mi estudio los de “La nube” despedían el programa confesando que entre canción y canción habían subido a la azotea para disfrutar del espectáculo. No quiero describir con precisión el objeto, pero la maqueta que yo entonces terminaba era un garabato de alambres con líneas orbitales y satélites. “No importa, yo tengo aquí mis propios eclipses”, pensé, “y si los pinto de rojo también obtendré mis propias lunas de sangre”. Pero semejante estupidez no consiguió aliviar mi espíritu desangelado. Me lo perdí todo: el eclipse, la luna de sangre y la luna llena. ¿A qué viene tal desazón? ¿Me he vuelto poético? Las sospechas de esta nueva metamorfosis no son infundadas. Más adelante, relataré por orden los acontecimientos.

sábado, 11 de junio de 2011

LA VILLANA GENEROSA

Advertencia: las siguientes imágenes contienen violencia extrema y pueden herir la sensibilidad de algunas personas.







domingo, 5 de junio de 2011

El lector de citas imagina un artefacto literario de simetría polar


Ascendente, septiembre de 1954. Sin título, sin fecha.
Pablo Palazuelo
 
Sería pertinente para el lector de citas precisar que Palazuelo respondía en francés a una entrevista de 1974. Una copia de la grabación se subtituló en español en 2010 para incluirla en la exposición “Palazuelo, 13 rue Saint Jaques (1948-1968)”, dedicada a los 20 años que el artista vivió en la capital francesa. Sería conveniente aclararlo porque las palabras se desgastan o evolucionan, no suenan igual en cada tiempo y lugar. Habría que considerar, también, la técnica de escribir subtítulos que consiste en abreviar, buscar frases cortas que el espectador lee mientras aprecia las imágenes. El subtitulado no es literal, no se detiene palabra por palabra y extraer subtítulos no es, por tanto, lo más conveniente para reflejar las palabras de un personaje.

“Yo creo que eso a lo que llamamos intuición, imaginación, es una memoria. Porque a la intuición nadie ha podido aún describirla, nadie dice qué es o se la describe como una revelación, como una aparición, pero al final lo que es… es un recuerdo que se remonta a un determinado momento anterior”.
Pablo Palazuelo.
Así aparecen las citas: entrecomilladas, aisladas y delante del nombre al que son atribuidas; literales para expresar ideas y actitudes del citado. Pero Palazuelo dijo más. Previamente contó que había encontrado su camino después de algunas tentativas; de leer sobre lo que no había previsto interesarse; lecturas de geometría antigua y sagrada, sobre los pitagóricos, estudios de geometría euclidiana, de geometría griega, y tratados de geometría oriental, árabe, china y de la India. Luego habló de pintores espirituales, de formas espirituales, de relaciones ideales entre formas y colores. Afirmaciones importantes porque si la cita nos dibuja un Palazuelo escéptico, estas confesiones lo desmienten. Cree en fenómenos intangibles y en formas espirituales. Su definición de la intuición explica cómo llegó a esas formas tan características de un estilo urdido por estudios de geometría, por su admiración por Malevich y por sus propios recuerdos.
Si ignora todo esto, el lector de citas es libre para perderse por derroteros y sacar conclusiones independientes a las que apuntaba el pintor en su conversación. Podría entender por ejemplo que, si la memoria es la fuente de la imaginación, los artistas no son magos, ni hadas ni agitan una varita mágica para obtener arte de la nada, ni son genios como el de Aladino que concede deseos si le frotan la lámpara, aunque sabe que muchos artistas frotan lámparas, chepas u otras partes sensibles de sus gestores y mecenas para mejorar su productividad; el lector de citas podría pensar que la creación es parecida a un Abracadabra de prestidigitador, de un tahúr que esconde cartas bajo la manga y un conejo en el doble fondo de la chistera, porque “Manga” o “chistera” operarían como la memoria aludida por Palazuelo, y el artista sería un mago de feria que se estruja las meninges para mostrar el truco más imaginativo que recuerda, porque no hay más cera que la que arde, pero hay bastante, tanta como memorias y artistas si a cada artista se le asignase una. Sin embargo no es así –observaría el lector de citas a continuación–, porque hay artistas que saben disponer de otras memorias. Artistas esmerados que exploran en su propia memoria y en la de los demás para manejar así varias intuiciones; artistas copiones y geniales que olvidan citar el nombre de sus proveedores de memoria porque no son historiadores y es intrascendente que revelen o no sus fuentes. Lo importante son las obras, lo que queda. No hay que registrar más que la firma del último copión aún a riesgo de que la humanidad no perciba el ingrato sacrificio que supuso una abnegada trayectoria de usurpación de ideas e imágenes ajenas. El plagio es súper creativo pero difícil de reconocer; sólo en ocasiones, algún plagiado agradecido lo pone en conocimiento de las autoridades que mediante largas deliberaciones decide homenajear al copiador con el título de insigne plagiario. No suele haber consenso y, tras las apelaciones, es habitual llegar hasta el Tribunal Supremo que dicta una sentencia irrevocable. Al buen plagiario, en un arrebato de humildad, no le agrada reconocer sus virtudes. Se es artista si se quiere, y algunos no quieren aunque parezca increíble. Un ejemplo reciente es el del escritor y académico Arturo Pérez Reverte, quien, haciendo gala de una modestia modélica, intentó desprenderse de su nombramiento –por sentencia de un Tribunal Provincial– alegando méritos ajenos, “emboscada”, “chantaje” y conspiraciones contra su persona. Pero en sus declaraciones muestra un gran conocimiento de la técnica plagiaria. Dice, por ejemplo, que él nunca copiaría a un desconocido, poniendo así el dedo exactamente sobre esta clave del genio copiador: explorar entre los desconocidos para desvelar la memoria colectiva más recóndita. No se ha cerrado el consenso: Pérez Reverte ha llevado su caso al Tribunal Supremo y siempre quedará una duda porque incluso el Supremo se equivoca a la hora encumbrar genios. Los magistrados no lo saben todo en materia de arte. Se les escapan probabilidades amparadas por el axioma “las ideas están en el aire” y por la Geometría, que alega que dos o más líneas oblicuas de un plano confluyen en un punto del espacio, y que dos o más planos oblicuos coinciden en una línea que funciona como bisagra, y muchas líneas oblicuas que pertenezcan a esos dos o más planos pueden constituir un haz de un número ilimitado de líneas que coincida en un punto de la bisagra: el punto por donde todas esas líneas y planos pasan. Un punto localizado en el espacio, –o en el aire si se prefiere nombrar así–.
Igual que un número infinito de líneas coinciden en planos que comparten un punto, también las palabras coinciden en libros cuyas páginas son planos que se juntan en el lomo que hace de bisagra o charnela, y las letras y las palabras se disponen en renglones paralelos que por ser paralelos no pueden confluir en un punto del lomo o bisagra pero, si fuesen oblicuos, sí cabría esa posibilidad: la posibilidad de que todas las líneas de la página mirasen hacia un mismo punto del lomo. Y si todas las páginas del libro se juntasen por ese punto, girarían sobre él en vez de sobre el lomo; y si todos los renglones siguiesen las líneas oblicuas que coinciden en ese punto central, éste se parecería al centro de una de esas bolas de pelusa que sueltan los álamos en primavera, que se desplazan por el viento y se desvanecen o caen sobre la acera o sobre tierra fértil donde les queda una mínima posibilidad de germinar, una posibilidad remota que se cumple porque los álamos existen y dan fe de ello.
Ahora el lector de citas flota en el aire junto a las pelusas de los álamos. Se siente perdido. Se ha alejado demasiado y tiene que pararse a imaginar cada página del libro de renglones oblicuos que se juntan en un vértice como las varillas de un abanico desplegado. Se imagina el diseño: un libro de varillas oblicuas fijadas en un punto, de páginas en forma de abanico abierto que completan una esfera que se parece a las bolas de pelusa de algunas plantas. Una bola de espín en cuyas púas se sujetan las palabras. Un artefacto literario en toda regla. –No el artefacto figurado que mencionan los críticos para referirse a un libro de genero inclasificable–. Y el lector de citas recuerda otra vez a Borges que encabezaba sus relatos con citas. Recuerda que la ficción titulada “Pierre Menard autor del Quijote” excepcionalmente empezaba sin cita; al grano. Pierre Menard quería escribir el Quijote palabra por palabra y línea por línea. Sin haberlo leído, sin copiarlo, emprendió una obra literaria más valiente, sutil y ambiciosa que la de Cervantes. Un reto que hubiera resultado menos difícil si Pierre Menard hubiese escrito su Quijote en el artefacto literario que imagina el lector de citas. Porque la dificultad de la empresa se compartiría entre escritor y lector del Quijote a partes iguales. Pierre Menard dispondría las palabras en las varillas: una sola vez cada palabra y en una única varilla del libro. No repetiría ni reordínaría las palabras como en un Quijote de Cervantes. El lector giraría el artefacto literario hasta encontrar la combinación exacta de párrafos, páginas y capítulos. Haría falta lectores avezados. Al gran talento de “Pierre Menard escritor del Quijote” le respondería un no inferior talento del lector de “El Quijote de Pierre Menard”. Esta simbiosis perfecta culminaría la obra. Un equilibrio de talentos frente al amasijo de palabras sin puntuación, aunque este aspecto es menos novedoso para el lector de citas, que sabe que las primeras ediciones del Quijote carecían de puntuación.
 Muy a menudo aparecen citas de Borges o citas que se refieren a Borges. Recientemente el lector de citas encontró:

“–¿Usted sabe quién fue Jorge Luis Borges?
–Sí, ¿no fue el que escribió El Quijote?”
Un profesor y su alumno de filología románica; Universidad “Georgia-Augusta”, Gottingen, Alemania, febrero de 2007
La cita seguía al título “Contribución a un breve diccionario biográfico del expresionismo” de un relato de Patricio Pron que empezaba con la biografía de un poeta alemán empeñado en escribir el Fausto de Goethe del mismo modo (y unos años antes) que Pierre Menard su Quijote. La cita, inventada o real, guía a Pron en la redacción de su “diccionario del expresionismo”; pero el lector de citas no puede imaginar un poeta expresionista escribiendo el Fausto en su artefacto de varillas. Su libro espinoso y esférico se funde mejor con el recuerdo de objetos borgianos, porque en su memoria pesa demasiado el libro de plomo de Anselm Kiefer y otros talabartes neoexpresionistas. Quizá otro día su artefacto será expresionista, ahora no. Ahora está exhausto. Ha leído muchas citas en portadas de libros, en solapas, en colofones, en medio de los capítulos; en la calle, citas pintadas en pancartas, talladas en pedestales, bajo las estatuas, en mármoles de cementerios y en fachadas de edificios; como la grabada en un friso del Casón del Buen Retiro, que ahora le viene a la cabeza y no desea interpretar:

“Todo lo que no es tradición es plagio”
Eugenio d’Òrs


lunes, 2 de mayo de 2011

Noche de insomnio

Esta madrugada tocaba insomnio. Cosas que pasan. Yo en la cama, acosado por el insomnio, mientras en Asia abatían al criminal más buscado del planeta. Me levanté y puse la televisión donde esperaba encontrarme con Vicente Vallés y la emisión en diferido de “La Noche en 24 Horas” que me ha acompañado en otras sesiones insomnes, pero me topé con Julen Lopetegui que analizaba los partidos del siglo Madrid-Barça y viceversa. Se recalentaba motores para le eliminatoria del martes y a mi me asaltó una enorme duda, como siempre; ustedes perdonen por mis dudas persistentes y por mi expresión grosera, pero no sabía si la resolución de esta semifinal de la UEFA Champions League me la pela, me importa un rábano o ambas cosas a la vez. Decidí aplazar la resolución de mi gran duda hasta el martes después del partido y me volví a la cama con mi insomnio en el momento en que, según las agencias de información internacionales, el helicóptero de un comando justiciero sobrevolaba la guarida del malhechor.


domingo, 10 de abril de 2011

Cada cual en su línea


–Como si nada, sin dramatismo; has dado un paso al frente y te has sumido en una niebla, pisando sobre vacío, pero no te has precipitado hacia abajo. Un paso atrás y la niebla se disipa, has vuelto al borde del precipicio. Lo intentas de nuevo, ahora te lo piensas, le pones esmero, pero tampoco caes, es incomprensible, estás estancado en tu altura, incapaz de descender otro plano. A tu izquierda y a tu derecha otros sí caen; se estrellan y se levantan, los ves avanzar, perderse en el horizonte de un nuevo plano de conocimiento. Te dejan atrás, en tu cornisa. Cada vez que lo intentas vuelves a quedar suspendido en la niebla, saltas y pataleas, empujas debajo de tus pies pero no lo consigues; no sabes caer, la gravedad no te responde, no puedes doblegarla. ¿Eres idiota? Suspendido en el vacío no tienes vértigo, el vértigo aparece cuando retomas la cornisa en el borde del precipicio y la niebla se esfuma, y aprecias un terreno inalcanzable, y, metros más abajo, ves a los otros caer, romperse la crisma contra el solar inferior; el vértigo llega cuando la niebla se va y eres consciente de que no entiendes nada, de que hay planos para ti vetados que otros alcanzan tan solo dejándose caer; es tan fácil como dejarse caer, te gritan, déjate caer, no seas bobo, y se dan la vuelta, se marchan, empequeñecen hasta fundirse en un punto del horizonte, y desaparecen porque vuelven a saltar, porque la línea de horizonte es otra cornisa, otro desnivel y si el horizonte reverbera es porque no todos saltan, es porque, allí, los puntos que se mueven son los idiotas más listos que tú que titubean de rodillas al borde de un precipicio por el que no saben caer más.
Nimbado es la palabra. Estas nimbado y tu aureola es una nube tonta que no es alta como un cirro ni romántica como un cúmulo: la nube que te envuelve es un nimbo bajo que no produce precipitaciones y no te deja ver nada aunque a ratos se abre y parece que entiendes algo, que sentirás el vacío y caerás por el resquicio, pero se cierra de pronto y te quedas nimbado, decepcionado entre el blanco y el gris de una nube que nada inunda porque ni llueve, ni nieva, ni graniza como cualquier nimbo normal; no produce precipitaciones, permaneces estancado en tu nube defectuosa.
Si sospechas que vives en un cuento borgiano, es porque no entiendes lo que sucede. Te has pasado la vida descendiendo, saltando terrazas, avanzando hasta un límite que no buscabas y que has encontrado, o más bien, el límite te ha encontrado a ti. No entendías bien a Borges ni a su legión de borgianos, tampoco seguiste a Oteiza y eso que en tu pueblo hubo más de mil oteizianos, uno de ellos se había forjado su propio equipo de acólitos: los txominianos, a quienes nunca prestaste demasiada atención hasta que te adelantaron por todas partes, terraza a terraza. Y consideraste las propiedades mefíticas de “-ano” en cuanto sufijo de adhesión. Encontrabas cantidad de adeptos parados al borde de un precipicio y les decías salta no seas bobo, no seas borgiano ni oteiziano ni txominiano ni duchampiano ni picasiano, no seas cagón, libérate del “-ano”. Algunos te adelantaron como un cohete, y no les has vuelto a ver, pero crees que están allí en la línea de horizonte, los imaginas asustados pero orgullosos de haber llegado tan lejos sin pensar demasiado, inspirados por la doctrina. En cuclillas y de espaldas, asoman la cabeza al otro precipicio y ves sus traseros que reverberan por la línea de horizonte. Han llegado lejos, pero allí de cuclillas ya no saltan ni lo intentan, ni siquiera están nimbados como tú por una nube estúpida. Eso que ganas por idiota sin “-ano”, por tonto particular. Te has mantenido en tu línea y ahora estas al borde. Eres borderline. Te veo en el límite, como a los que dejaste atrás y a los que vislumbras delante en el horizonte; en vuestra línea, a vuestro nivel, sois todos borderline. Pero no quería concluir con calificativos, no pretendía insultarte sino apuntar las satisfacciones de un esfuerzo intelectual infructuoso, de buscar soluciones y no encontrarlas. Tu cabeza echa humo, la coronilla te pica, las sienes palpitan, las ideas escuecen en la nuca igual que si acabaras de engullir una cucharada sopera de mostaza. No encuentras la solución aunque a veces la nube se abre, te deja entrever algo que olvidas, y vuelves al principio, reinicias la operación, buscas, piensas, sientes algo que no es vértigo aunque se parece, y no caes. No caes, no encuentras la clave del problema. Es una buena experiencia, recuerda que otras veces encontraste un resquicio, un agujero en la nube por donde caíste al vacío y pudiste avanzar hacia un nuevo horizonte. No lo dejes, tienes que saltar, entrar una y otra vez en la nube, quizás un día te vierta sobre un nuevo continente, te sorprenda con una precipitación de lluvia, granizo o nieve inesperada. No lo dejes, no lo dejes nunca. La clave está en la intuición.

Fofito Grillo se calla al fin. No era un sueño, a veces viene Fofito Grillo a visitarme, a golpear mi conciencia y recordarme que no me ocurren cosas distintas a los demás. Aprecia mi idiosincrasia, pero dice que a los ojos de un grillo todos somos parecidos. Hay muchos fofitos, me dice, todos somos fofito de alguna forma –es un grillo pedante–; igual que todos eran Espartaco al final de la película de Stanley Kubrick.


–No te entiendo, ¿al final todos somos gladiadores, o todos somos borderline?
–¡Espartaco no era borderline, era estratega avanzado!
–Claro, en una película de romanos, hablarían latín, no podrían ser borderlines, ¿cómo se dice borderline en latín?
–Escucha, si muchos gladiadores eran bárbaros, alguno vendría de Britania, del territorio que hoy es Inglaterra, y hablaría algo parecido al inglés, sería proto-inglés y, por qué no, un borderline, ¡y punto!, no es eso lo que quiero aclararte. ¡No me líes!
Fofito grillo levanta la voz. Tiene muy mal carácter. Hace 12 años que nos conocemos y ya me tiene harto, sustituyó a mi vieja conciencia pero estoy pensando en despedirle porque, aparte de su mal humor, se pierde por las ramas, habla demasiado, se dispersa, y nunca va al grano. Todo este rollo para recordarme que me cuesta comprender y seguir un hilo. Yo ya se que tengo mis limitaciones y mis gustos, pero he releído “El Aleph” y “El inmortal” de Borges y me han gustado aunque los he encontrado tan áridos como siempre; con los oteizianos y los txominianos ya tengo bastante aunque les daré otras oportunidades, te haré caso, Fofito Grillo, intentaré comprender al artista difícil sin concesiones, pero ten paciencia, por favor, ya sabes lo que me cuesta. Si no, mira este cideoclip que dirigió Sofía Coppola y protagonizó Kate Moss y dime cómo distinguiré si son txominianas u oteizianas tras analizar los meritorios ejercicios sobre la caja que exhiben al principio del clip. Sí, ya se. Ya se que soy simple y convencional, no hace falta que grites, Fofito Grillo, ¡qué carácter!, al fin y al cabo lo de reinterpretar una caja metafísica como pedestal para figuras eróticas es algo que también vi en exposiciones de Txomin; no es para tanto.


Y estoy muy de acuerdo con el título de la canción, yo tampoco se qué hacer y, como tú bien dices, a mucha gente le pasa lo mismo como demuestra esta colección de performers que tampoco saben qué hacer con ellos mismos.