martes, 1 de marzo de 2011

Once upon a time in the West Bruce Springsteen



Yo también amo a Ennio Morricone y me apunto a la mayoría. Me lo recetó el psiquiatra. Apúntate a la mayoría, me dijo, no seas bohemio, acude a manifestaciones, piérdete en las multitudes, siéntete arropado, pruébalo, no seas rancio; no estés siempre solo, sé feliz.
Aún tengo mis dudas como siempre; por eso fui al psiquiatra, por inseguro. No te preocupes, me dijo, la inseguridad no es mala, por lo menos has acertado, has venido a un psiquiatra en vez de a un psicólogo, tu elección es un síntoma alentador, no estás perdido. Sí, pero esta versión de Bruce Sringsteen me desazona, al principio lleva prisa y luego va despacio, es lento y me pone nervioso; me gusta la guitarra, doctor, pero no sé… ¿Usted sabe cuántos ventrículos y aurículas tiene Bruce Sprigsteen?, ¿los mismos ventrículos y arículas que Ennio Morricone?, ¿quién tiene mas ventrículos?, mi corazón no late al ritmo de Bruce, algo falla, no veo a Claudia Cardinale, ¿qué me dice doctor?, ¿qué puedo hacer? Visite a un psicólogo, sentenció.

domingo, 27 de febrero de 2011

1/2 HUELGA GENERAL (más o menos)


Mi primera actividad laboral tras despertar de mi letargo fue una huelga. La huelga general. Un artista primero aletargado y después en huelga general. Romperé con la pana, se va a enterar este país.
Hace ya un mes de esto y así es como recuerdo mi jornada de huelga:
A la 9 me levanto, me ducho y bajo a la cafetería a desayunar mi expreso de las mañanas. La cafetería está abierta pero con las cortinas echadas y las luces apagadas porque a las 8 a.m. ya han pasado dos veces los piquetes informativos. Vivimos en un barrio obrero, le pregunto a mi cafetera si me sirve, mi cafetera me invita a pasar en voz baja. Con la luz apagada me tomo un café clandestino. No es la primera vez, en otras jornadas revolucionarias también desayuné café clandestino a oscuras preparado por mi cafetera esquirola. ¿Pero qué quieren los piquetes?, ¿que hagamos huelga dormidos?, ¿obligarnos a beber café casero preparado en cafeteras Magefesa o similares? Un poco de comprensión, por favor. ¿No será mejor empezar la jornada reivindicativa con buen sabor de boca? Me termino el café deprisa porque los piquetes llegan a informar por tercera vez. ¿No vas a cerrar? Sí, sí ahora cierro. Vale, date prisa.
Se va a enterar este gobierno. Me dirijo al centro de la ciudad y encuentro un montón de bares abiertos, los piquetes informativos han informado a medias, o no les hacen caso estos esquiroles, o los piquetes mantienen un convenio diferente con los expendedores de cañas y anís que con los de café expreso. No lo se, pero a estos bares abiertos nadie les insiste. Yo no entro, hoy no quiero vino que estoy de huelga; se van a enterar.
Llego a la plaza, una multitud ordenada y con banderas entra por otra calle paralela a la mía. Vienen en manifestación desde un punto de la ciudad. La multitud se pierde, no veo el final entre las calles. La plaza es rectangular, en un costado, la policía se separa a unos cuatro pasos en dos grupos. Con casco blanco los nacionales, con casco rojo los autonómicos. Exhiben gualquitalquies y algún trabuco para pelotas de goma y botes de humo. Se les ve tranquilos, son pocos, una veintena en total y no se prevé conflicto, y si lo hubiere se poyarán en los gualquitalquies.
Camaradas vamos a reventar la plaza, grita el de la megafonía, a ver camaradas, dejad pasar no bloqueéis la entrada que viene mucha gente, al fondo de la plaza hay sitio, dejar paso, vamos, que vamos a reventar esta plaza. Los manifestantes obedecen que da gusto. La plaza se llena ordenadamente, ¿por qué no hacemos esto en el autobús?, ¿por qué la gente no hace caso al conductor y se apelotona a la entrada bloqueando el paso de más viajeros cuando el fondo queda vacío? Quizás porque el día a día está plagado de esquiroles. La plaza se va ocupando solidariamente, sin colapso en la entrada, pero el del megáfono insiste, a ver los que están junto a esos árboles al lado de la cabina del parking, dejad pasar, no os quedes ahí taponando, quedan muchos compañeros por llegar, no os quedéis ahí, hay mucho sitio aquí, detrás de mí, vamos, vamos a reventar esta plaza. Insiste en euskera y castellano. Casi todos obedecen. Por ahí llegan los de la CGT enarbolando sus colores rojo y negro, y los de la CNT que todavía existe, mira tú. Hay banderas y pancartas, el negro, el rojo, el blanco y el violeta flotan por encima de las cabezas. El rojo predomina, se asienta en muchas cabezas femeninas, no hablo de ideologías, me refiero a los tonos rojos, granates y variaciones hasta el burdeos con que se tiñen las cabelleras de muchas manifestantes. Tintes y genas revolucionarias. Más ideológicas que estéticas me parece a mí. Pero quién soy yo para cuestionar estos estilismos. Que le pregunten a Llongueras, yo bastante tengo con lo mío, no me importaría disponer de algún pelo más en mi cabeza. Con este frío me van a salir sabañones en el cuero cabelludo.
El primer sindicalista habla por el micrófono pero nadie hace caso, apenas se le oye mientras los manifestantes recién llegados saludan a sus conocidos. Otra cosa es el segundo sindicalista que arenga con energía a las masas. Tiene más razón que un santo si se me permite la observación. Le aplaudo a rabiar. Mis manos entran en calor y aplaudo más y más. Qué alivio. Por fin siento las yemas de los dedos. Traigo unos guantes de calle y un calzado de invierno para ciudad. Unas botas Clarks que nada tienen que ver con las Salomón, Chiruca, Quechua, Asolo y todo el atuendo montañero de la mayoría de los manifestantes. A mi alrededor se concentra un alto porcentaje de toda la distribución de goretex de la comunidad. Y estoy helado, es 27 de enero, no he venido prevenido como para subir al K2, pero aplaudo y aplaudo hasta hacer saltar chispas. ¡No falta dinero, sobran ladrones! Es el grito de guerra para defender las pensiones. Más tarde se hace el silencio, el puño en alto y se canta un eusko gudariak solemne. Yo no, no puedo plegar los dedos porque de tantos aplausos para entrar el calor se me han hinchado como salchichas parrilleras, están envarados; no sería propio levantar ahora una mano con los dedos extendidos.
Pacíficamente nos disolvemos. Algunos salimos por un paseo perpendicular a la plaza y veo, en el escaparate de una pastelería, dos columnas blancas de pastas de canela. Las luces del escaparate no están encendidas, pero empujo la puerta y el establecimiento permanece abierto. Pido dos pastas redondas, grandes, recubiertas de azúcar glas, que la dependienta introduce en un sobre de papel encerado y salgo de nuevo al paseo. Un inmigrante magrebí reparte entre los huelguistas octavillas que no parecen muy revolucionarias. El inmigrante magrebí reparte publicidad, es un esquirol durante la jornada de huelga si un inmigrante magrebí que reparte la publicidad de un bar, o un restaurante, o una discoteca, puede considerarse esquirol. Ningún huelguista acepta sus octavillas. Y yo no tengo manos: la izquierda está ocupada con el sobre que guarda una pasta de canela, la derecha lleva la otra pasta que he sacado y empezado a masticar. ¿Qué hago?, ¿acepto la publicidad del esquirol que no tengo muy claro si es un esquirol porque, seguramente, con su economía precaria, o sumergida, o provisional, o todo esto a la vez, el problema de las pensiones de jubilación no le llegará a afectar en absoluto? Cuando paso a su lado, alargo la mano derecha (la ocupada con la pasta mordida) y con los dedos meñique y anular atrapo la octavilla que me ofrece seguida de una mirada de cumplido agradecimiento. OFERTA, llevando 4 KEBAB un litro de refresco GRATIS. DÖNER KEBAB, Bar. Servicio a domicilio. Menú Pollo asado con patatas fritas y refresco 8, 50 €. Domingo a jueves, de 12 a 24 h. Viernes y sábados, de 12 a 01h. Sábado, domingo y festivos de 05 a 08h. Esto me resulta un poco raro, y no es una errata, o sea que los festivos y los sábados ofrecen KEBAB de madrugada para trasnochadores, para desayunar, para empapar el alcohol, para borrachos y magrebíes abstemios, para todos juntos en comunión y armonía; borrachos cristianos, abstemios musulmanes y ateos despistados. NOVEDAD, comprando 3 unidades de KEBAB 1 unidad GRATIS.
La pasta sabe bien, mejor que las que comprábamos de niños en quioscos y tiendas de chucherías. Las que venden ahora en pastelerías son más ricas, más grandes, con más azúcar glas, y además no han subido la cifra del precio porque antes costaban una peseta (y no se llamaban pastas de canela, se llamaban pastas de una peseta) y ahora me han costado un euro cada una.
Reservo la otra pasta para mi hermana, hemos quedado a comer y se que también le gustan. Mi hermana no vive en un barrio obrero, vive en lo podríamos llamar “un barrio alto de la ciudad”. Aquí todo está abierto, aquí nadie hace huelga. La casa de mi hermana era la casa de nuestros padres y la de nuestra infancia, por eso me conocen en el barrio. Entro en la cafetería-panadería de Raquel. Necesito un café para entrar en calor y para digerir la pasta que se me ha quedado pegada en el esófago. Frente a mí, al otro extremo del mostrador hay un tipo con atuendo de albañil delante de un carajillo y que habla, en voz muy alta, sobre las virtudes adhesivas de la resina epoxi con una pareja que parecen del barrio y visten abrigos caros.
‑Y a María Antonieta no se la follaba nadie ‑les espeta el del carajillo.
‑Vaya ‑dice el del abrigo caro.
‑Sí, yo estuve una vez en Versalles, y sé que se pasaban la vida jugando al escondite en los jardines, también jugaban a la gallinita ciega pero de follar nada, a María Antonieta no se la follaba nadie, y le cortaron la cabeza.
‑Yo prefiero la mezquita de Córdoba a Versalles ‑aclara finalmente la mujer del abrigo caro.
¿Qué quiso decir?, ¿que desde un punto de vista meramente arquitectónico prefiere el arte andalusí al rococó versallesco, o lo que prefiere es apreciar la arquitectura mudéjar mientras, con el del abrigo caro o con otro, se pone mirando a Cuenca?
Raquel me sirve el café con leche,
‑¿Templado o caliente?
‑Caliente por favor, necesito templarme un poco.
Los de los abrigos caros se despiden.
‑Ya me contareis como os ha ido con el pegamento epoxi ‑les grita el del carajillo.
Cuando salen, Raquel le informa:
‑Son dentistas y tienen la consulta aquí al lado.
‑Sí, pues ya te digo, con la epoxi nada se despega ‑Lo afirma golpeando el mármol del mostrador con la mano abierta. Y añade ‑: ¡Anda, si me tengo que ir, el jefe me está esperando y se va a cabrear!
‑Ya es hora, ya, Alberto ‑le dice Raquel.
Cuando sale, leo en la espalda de su chaleco de trabajo el nombre de la empresa constructora que desde hace décadas acapara las contratas de restauración de nuestra región. El logotipo es un un arco de medio punto románico junto al nombre de la constructora responsable de que todos los edificios históricos de la comunidad parezcan anuncios de Exín Castillos.
Un restaurador de murallas viejas y una pareja de dentistas, ahora puedo entender la conversación sobre pegamentos y resinas epoxi, de ahí a la vida sexual de María Antonieta y la comparación con la mezquita de Córdoba no me queda tan claro.
Raquel me mira y sacude la cabeza.
‑Hoy venía contento el Albertito ‑le dice a su empleada que está sacando unos panes del horno.
‑¿Y qué día no viene contento? ‑responde ésta resignada.
Algo del misterio se disipa: se trataba de las familiaridades de un cliente habitual, por lo demás, un poco plasta. Un entusiasta de la resina epoxi que quizá soñaba con pegar de nuevo la cabeza amputada de María Antonieta al cuerpo para luego subsanar la asignatura pendiente que le causaba obsesión. Un escalofrío recorre mi espalda. Tengo fiebre, no hay duda, se terminó para mí la jornada de huelga.

sábado, 12 de febrero de 2011

La cuarta dimensión

El hipercubo o teseracto se define como la generalización de un cubo a la cuarta dimensión. Dalí no pintó un hipercubo. Pintó el desarrollo de un hipercubo en tres dimensiones. El desarrollo de un cubo presenta sus seis caras cuadradas en dos dimensiones y el desarrollo del hipercubo de cuatro dimensiones representa sus ocho caras cúbicas en nuestras tres mundanas dimensiones. Yo nunca vi un hipercubo porque mi cerebro y ojos de batracio no dan más de sí. Dalí era un genio. Tal vez sí visualizaba el hipercubo. O tal vez no; si a sus ojos saltones les correspondiese otro cerebro de batracio, no le importaría lo más mínimo no poder verlo para hablar del hipercubo y pintarlo con toda naturalidad, o naturalismo.
¿Quién ha visto un hipercubo?, ¿os acordais de Jimenez del Oso con aquellas ojeras prominentes?, ¿vería Jimenez del Oso los hipercubos? Hay que tener párpados desarrollados, párpados en 4-D cuyas formas abultadas sumen el volumen de una hiperesfera para compensar un cerebro terrenal y entender que ese cubo dentro de otro cubo que llaman hipercubo es más una proyección del hipercubo que el hipercubo mismo. Algunos escultores lo obvian y plantan monumentos con esa forma de escultura hipercubo. Son de las estructuras más feas que nos podemos topar. Como un búnker en hormigón, piedra o mármol: no tienen cuatro dimensiones.
Dalí defecaba por las mañanas aquellos cuernos de rinocerontes incoloros e inodoros, en Portlligat, los días de gracia, que eran muchos. Yo ahora creo que eran fracciones de un monstruo de cuatro dimensiones que llevaba dentro. Un cuerpo de cuatro dimensiones no podríamos verlo en nuestro mundo de tres, sólo podríamos apreciarlo en algunas partes sublimes, como esos cuernitos ultradimensionales que surgían de los intestinos del divino ampurdanés.


domingo, 30 de enero de 2011

Salir del letargo

 
¡Qué feos!
  
Puede haber letargo sin hibernación e hibernación sin letargo. No lo había pensado.
El sábado salí de mi letargo y me presenté en una pescadería. Así, medio sonámbulo esperé mi turno ante la pescatera.
‑¿Qué te pongo, cariño?
‑Ponme sapo, hoy me siento algo caníbal.
‑Está muy bueno, es del Cantábrico, no tiene nada que ver con esas colitas congeladas que traen de China.
Era cierto. Los rapes lucían hermosísimos entre el hielo del mostrador.
‑Venga ponme, ponme.
‑Muy bien. ¿Como para cuantos te pongo, cariño?
‑Para mí sólo.
‑Te lo voy a cortar en filetitos para albardar y verás que rico sale.
‑Muchas Gracias.
¿Cual es la diferencia entre el pez sapo y el rape? Ninguna, un pez pueden llamarse de distintas maneras, como sucede con el chicharro o jurel, pero aún tengo dudas. ¿Cual es la diferencia entre albardado y rebozado? ¿Entre hibernación y letargo? ¿Por qué la pescatera me llama cariño dos veces consecutivas? No miro ni el interné ni la Wikipedia porque me van a liar. La sobreinformación me da pereza y me aletarga. Por eso me he escondido debajo de una piedra durante un mes, hibernando como lo que soy, como un sapo. No dudé con los filetitos de rape, los pasé por harina y huevo y los freí en la sartén. En ningún momento se me ocurrió añadir pan rallado al rebozado. Los albardé correctamente, a la romana. Eso es, me dije, debe de tratarse de una gradación de conceptos: rebozados o albardados, pero no empanados. Sin pan o con pan, lentamente me voy despertando de mi letargo que no era tal letargo porque no reduje mis funciones vitales al límite. Gasté energía dedicándome a la lectura. Debajo de mi piedra, después de “La carte et le territoire” de Houellebecq, leí otros libros. La mayoría en francés pero también alguno en español rioplatense que no me gustó. No es mi intención comentarlos porque me sucedió algo desastroso: no me gustó “La invención de Morel”. ¿Como pudo ser?, me pregunto. Pues pudo ser. Sí, por que en Espasa libros, S. L. U. destriparon toda “La invención” con una extensa y erudita introducción de Trinidad Barrera López que lo cuenta todo, desarma la intriga y la angustia del narrador protagonista no se transmite. El lector va por delante, no comparte la ansiedad con el protagonista como pretendía Bioy Casares porque Trinidad se chiva de todo.
Fue una irresponsabilidad por mi parte; ya sospechaba que debía saltarme la introducción, pero me pudo mi condición de lector sistemático. Sí, ya se que una buena novela no necesita un final traca final, pero que me desvelasen todo el meollo de “La invención” no hizo ningún favor ni a Morel, ni a Bioy Casares, ni a mí. O sea que no eran fantasmas sino proyecciones. ¡Hala, ya lo he dicho!, se me ha escapado, perdón. O sea que Morel ha inventado una máquina alimentada por la fuerza de las mareas que reproduce en tres dimensiones y proyecta en todo el espacio de la isla las imágenes grabadas en un tiempo determinado y las reproduce en el mismo espacio de tal forma que se solapan las anteriores con las actuales y por eso los habitantes no ven al protagonista; porque no están en su misma dimensión, están grabados en otro tiempo. Son proyecciones, ya lo saben, a ver si ahora cuando la lean por primera vez les gusta “La invención de Morel”. A ver si ahora no se aburren y no les sobran páginas por mucho que Borges diga en su breve y nada revelador prólogo (¡así sí!) que es una “trama perfecta”.
Espasa libros, S. L. U. debería publicar el docto análisis de Trinidad Barrera al final de la novela y no al principio para no penalizar a los incautos lectores metódicos. Una vieja fórmula del arte dice que los espectadores completan las piezas artísticas. Por eso las obras saltan a la palestra inmaculadas, pero se rozan con agentes como el transporte, el galerista, la imprenta, los críticos, los eruditos, el público o las revisiones de otros creadores, que las abollan o modelan. Salen del estudio para rodarse, como salen  los coches nuevos del concesionario: impecables, y sus relucientes carrocerías reciben pronto una clamorosa rayita en la pintura metalizada. No importa, con el uso esa huella se borrará por otras sucesivas; pero desvelar así el invento de Morel, en la introducción, no es una abolladura en el parachoques, es un siniestro considerable.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Comisuras


Este sábado elegimos el asador porque sirven cordero de Aranda, cordero pequeño, cordero castellano. Muy rico el corderito. A mí siempre me resulta indigesto. Asumiré las consecuencias. Acompañamos el cordero con un Ribera del Duero. Un Carmelo Rodero de 2007. No es de los más caros de la carta. Hay que cuidar el bolsillo porque no estamos en Aranda de Duero ni en Castilla, aquí los restaurantes y asadores no se andan con chiquitas. Los rejones son de cuidado.
Con mi amigo, mano a mano disfrutamos del corderito, del vino y nos despedimos de la ventera. Somos viejos clientes. No porque seamos asiduos, el presupuesto no nos lo permite, sino porque fuimos pioneros. Hace unos 12 años, recién inaugurado el local, fuimos a cenar un sábado, se alargó la sobremesa, quedamos sólo nosotros, la ventera nos invitó al último gin-tonic y nos fuimos. Cuando volvimos el viernes siguiente, la dueña nos narró el sucedido. Fue nada más salir nosotros que unos individuos atracaron el local a punta de navaja y recortada. Por eso siempre se acuerda de nosotros. Pero nosotros no les atracamos y la ventera lo sabe perfectamente; se percató de que, con tres gin-tonics, nuestras lenguas no hubieran logrado articular correctamente ni el “manos arriba esto es un atraco” ni ninguna otra fórmula intimidatoria. ‑Salisteis vosotros y entraron los asaltantes, estaban esperando a que salierais”, ‑nos contó.
En la calle era otra tarde helada de diciembre. El asador no está lejos de mi casa, así que invité a mi amigo a un digestivo de mi mueble bar. En eso estábamos cuando en el canal cultural de la televisión programaban un documental sobre la pintora gallega Maruja Mallo. La artista, en uno de sus speechs, defendía las caras maquilladas. Es algo que se sabe desde los egipcios: un rostro sin maquillar resulta plano, inexpresivo, sin perfilar, y Maruja va siempre bien perfilada, con sus párpados azul turquesa y sus labios dibujados en forma de pequeño corazón en el centro de la boca, que se remata en unas finas y largas líneas de comisuras.
Todo iba bien, preciosos cuadros, el Remy Martin añejo, y Paloma Chamorro entrevistaba en los ochenta a Maruja Mayo. Hasta que ocupó la pantalla Fernando Huici. Más que ocupar la invadió, la desbordó con su inmenso perímetro abdominal. Se desparramaba el crítico. La filmación es reciente, lo veo mayor, bastante mayor pero el deterioro físico, el lamentable aspecto no se debe a su edad. Yo soy un sapo común y mi hígado no está precisamente en plena forma, entiéndanme, tampoco puedo ser muy exigente con el aspecto físico del prójimo. Pero Fernano Huici y su perímetro abdominal me sobrecogieron. Hablaba pero yo no le seguía, sería el Carmelo Rodero, el Cognac Fine Champagne, no sé. Huici sonreía. Maruja era entrañable, muy especial, un terremoto de mujer, claro que la conoció ya con 80 años; pero qué vitalidad. Le perdonaba la vida Fernando y conforme desplegaba condescendencia crítica hacia la imprescindible pintora gallega, esa gran mujer de vanguardia, las comisuras de los labios de Huici se cargaban, unas motas a cada lado de la boca crecían, se hacían bolas de espuma y afloraba y circulaba una lava de saliva blanca entre las ideas del crítico Fernando Huici.
Apagué el televisor, espantado. Abrí una botella de Remirez de Ganuza reserva de 2004, el Rioja que atesoraba para compartir con la familia en Noche Buena. Tuvimos que llegar a la tercera copa para superar el mal trago. El mal trago que nos hizo pasar el crítico de la gallega.
Por la noche me esperaban en mi cama las pesadillas, porque a la indigestión que me produjo el cordero se sumaron las visiones espantosas. ¿Pero quien ha grabado el documental, enemigos de Huici, o enemigos de la Humanidad? ¡Cuánto desalmado anda suelto! ¿Qué hubiera costado detener la grabación para ofrecer un pañuelo al crítico? No pegué ojo, pasé una de mis peores noches a duermevela. Corderito de Aranda, Rivera de Duero, un Rioja, y sueños con las comisuras espumantes. Mi vesícula biliar no podía con tanto.
Hacia las 8 de la mañana conseguí levantarme a preparar una manzanilla, todavía era de noche en esta semana prenavideña. A las 8 y media se despertará la familia de arriba y empezaran los trajines de domingo, sus ruidos, sus taconeos y arrastre de sillas con lanzamiento de juguetes. Pero la fortuna se alió conmigo, y todos salieron de excursión a las 11 y no regresaron hasta las 8 de la tarde. Me dormí, la manzanilla hizo su efecto, me desperté a las 2 de la tarde sin molestias estomacales. Ni rastro de Fernando Huici. Comí un yogurt y no me dediqué a otra cosa que a ver la estúpida película de sobremesa, un telefilm de Antena 3, del que no recuerdo nada. Completé la tarde con la lectura de Houellebecq. Me atreví a empezar “La carte et le territoire”, uno de los volúmenes que había adquirido al librero impertinente de San Juan de Luz. Una novela sobre artistas. Empieza con una imagen de Jef Koons y Damian Hirst. El protagonista de la novela es un pintor realista. Está pintando un cuadro titulado “Demian Hirst et Jeff Koons se partagen le marché de l'art”. Houellebecq escribe sobre el ranking de artistas, en este caso la clasificación es por ganancia económica. Hirst es el primero del mundo en cotización y ventas, ha relegado a Koons al segundo puesto. El protagonista de la novela ha llegado hasta el número 17 en Francia, lo que no está nada mal si conoces el mercado del país vecino, bastante más lucrativo que el español. Pero en el momento de la narración el pintor protagonista ya no aparece en el ranquing, su éxito comercial se ha difuminado. Una nochebuena rompe el cuadro que está pintando, clava una espátula en el ojo de Hirst, pisotea a Koons, vomita, se siente mejor, se deshace de la pintura y empieza la novela. La página siguiente se titula en números romanos como capítulo primero de la primera parte, es un Flash-Back. Houellebecq me entretiene. No parece totalmente ajeno al Arte. El protagonista acaba de salir de la École des Beaux Arts. Su padre, un arquitecto de prestigio, le paga un estudio en el XIIIe arrondissement parisino. Considera que su hijo debe buscarse la vida como artista. Salir de casa. Todos los artistas que él ha conocido y han vivido con el apoyo sus padres, que no han comerciado su arte puro, que no han buscado la supervivencia y el dinero con el trabajo artístico; todos los artistas puros que no son comerciales han pinchado. El acicate económico es imprescindible. Supervivencia y profesionalismo. El padre es un arquitecto de estaciones de descanso. No es un arquitecto artista, diseña estaciones de esquí, balnearios, complejos hoteleros en la costa. Es un profesional de la construcción y un avispado negociante.
Dejo la lectura a las 10 de la noche. Ya me sentía bastante bien. Los de arriba apagaron sus ruidos, acostaron a los niños agotados por un domingo fuera de casa. En la primera de TVE, empieza una película protagonizada por Catherine Zeta Jones. Reconozco la película como una versión americana de otra original alemana. En la alemana, la cocinera vivía en Hamburgo. Una película fría, coprotagonizada por la actriz y por la arquitectura de la ciudad nevada. La película es triste, emotiva. Una cocinera exigente, soltera y profesional adicta al trabajo debe ocuparse de su sobrina tras el fallecimiento de su hermana en un accidente automovilístico. La versión americana se desarrolla en Manhattan. La ciudad no es tan protagonista, todo el peso recae sobre Catherine Zeta Jones, lo que considero suficiente para no hacer zapping. No soy cinéfilo. La película americana más que emotiva es lacrimógena y se resume en la típica tensión amorosa entre Catherine Zeta Jones y su partenaire. En una escena romántica, el galán prepara un tiramisú para conquistar a la bella cocinera. Catherine lo prueba, se deja un poco de nata en la comisura, el partenaire le limpia ese lado de la boca.
Seres humanos. ¿Individuos de la misma especie? Comisuras. Catherine Zeta Jones, Fernando Huici, he visto vuestras comisuras manchadas de blanco en la pantalla de mi televisor, pero las comisuras blancas de Zeta Jones no alteraron mi patrón de sueño. Me acosté diez minutos antes de medianoche y dormí como un tronco hasta la diez de la mañana del lunes siguiente. Empezaba una semana completamente restablecido, cargado de energía.

martes, 14 de diciembre de 2010

Relámpagos


El pasado lunes estuve en Saint Jean de Luz. Por supuesto que no me compré la carísima Leica de Audrey Tautou; sin embargo, me apetecía adquirir libros en français y Saint Jean de Luz es el pueblo más cercano con varias libreries que conozco. Pero no volveré más a esta última librería porque me tocó un típico vendedor estirado e impertinente. Gajes del oficio y de algunos dependientes de la Francia. Me acordé de mis dificultades al pronunciar un café noisette, cuando me corregían o no me entendían durante mi lejana vida parisina. Me acerqué al mostrador y pregunté al dependiente por “L’infra-ordinaire” de Perec, pero no me entendía, levantaba la nariz y estiraba la papada. “L’infra-ordinaire”, or-di-naire et Infra, le digo, Infra-ordinaire, me siento ridículo, nada, no me entiende. Mira en el ordenador, Usted quiere “La Vie, mode d’emploi”. No, ese es el más conocido, un tocho, yo busco “L’infraordinaire”. No, no existe pas, se debe titular diferente en francés y en español. Claro que se titula diferente, en español es “Lo infraordinario” y en francés “L’Infra-ordinaire”, es una palabra, mot, inventada, mire bien. No, no existe, ¡ah! “L’infraordinaire”, no, je n’en ai plus. Mierda de imbécil, reconoce que no lo conocías, no pasa nada, que no te hiera el orgullo librero que pidan otra literatura francesa que tú ignoras, no me fastidies. El tipo pronunció L’infraordinaire dándole un énfasis en el In, y subiendo más su narizota, hasta las nuages, porque yo no había logrado pronunciar el In del français, de (ean)fra-ordinaire, la falta de costumbre.
Un café noisete, s’ilvous plait. ¿Pardon? Un café noissette, sil vous plait… Ah, un café noisette, d’acord. ¡Qué recuerdos entrañables! Lo consiguieron. Ya nunca sabré si es une o un café noisette; ya me han liado para siempre, pero lo del infraordinaire está claro. El tipo ni lo tenía ni lo conocía. Me compré unos cuantos libros que no sé si terminaré jamás. He empezado el que se titula “Des éclairs”, el último de Jean Echenoz, que no está nada mal y escribe en un français bastante fácil para mí. Alguna vez aprenderé la diferencia entre éclair y foudre; en francés parece más clara que en español entre “relámpago” y “rayo”, he mirado en interné las explicaciones de un foro mexicano y se hacen un lío tremendo. Unos opinan que el fenómeno general es el rayo que se divide en un efecto luminoso, el relámpago, y un efecto sonoro, el trueno. Otros dividen el efecto luminoso entre los que llegan al suelo, los rayos, y los que se quedan en las nubes, los relámpagos. Al principio no me enteré bien, como con el noisette en francés, pero ya no tengo dudas, el éclair es el pastelito de crema y lo prefiero con un baño de moca. Las dependientas de las pastelerías francesas son simpáticas y pronuncian un francés dulcísimo. Es la ventaja del français: distingue entre foudre, para un rayo tormentoso, y rayon, para un rayo de luz; se deja la polisemia de éclair para denominar igualmente un relámpago y un pastelillo relleno. Tan sabrosos y ligeros como estos pastelillos me están resultando los relámpagos que describe Echenoz. Destellos ficcionados de la biografía del prodigioso ingeniero de electricidad y fantasmagoría Nikola Tesla.