Hacía falta esa novela satírica centrada en nuestro arte visual contemporáneo y español. A él le hubiera gustado intentarlo, le hubiera gustado superar al mono de Monterroso. Pero no podía llegar ni a la primera frase porque nunca fue aceptado en la selva. No podía redactar páginas satíricas sobre urracas que no le habían invitado a su mesa, tampoco le invitaron las serpientes ni los ratones ni las gallinas –ni las estrellas ni las flores variadas ni las olivas ni los castros o castillos ni ningún otro anfitrión de nuestro arte español–. No podía escribir al detalle sobre nadie. Cierto es que nada le impedía inventarse todo, pero así no se escriben buenas sátiras, necesitaba un fundamento sólido. Él sólo había divisado una nebulosa lejana que le pronosticaba algo; él había escuchado estupideces, injurias, resentimientos, estulticias y yoísmos, muchos yoísmos; le faltaban frases precisas, le faltaba nitidez: una sátira borrosa es menos sátira, hay que apuntar al detalle. Al grano. Si alguna vez estuvo cerca, ya se había olvidado; su resentimiento era vago y general. Porque sí, había que estar un poquito resentido, y a él ya no le importaba el arte español, por eso –lo pensaba ahora mejor– los anfitriones del arte patrio no se merecían ni una línea; si hacía falta escribir algo, satírico o no, sería sobre el arte de fuera de nuestras fronteras; y probablemente alguien ya hubiese escrito esta novela extranjera; aunque él no podía saberlo, no llegó ni a oler los entresijos del arte internacional. Y no era pereza, podía dormir tranquilo, sencillamente, no era de su incumbencia.
domingo, 18 de octubre de 2015
viernes, 5 de diciembre de 2014
"...un artista libre que siempre se ha mantenido ajeno a modas y mercados..."
Suerte de palabrería que leemos en notas de prensa o artículos culturales que nos anuncian la exposición de alguien que hace más de lo mismo. Esta combinación la encontré en un enlace de Facebook, que es un nido de publicidades inservibles para los usuarios pero, como aseguran algunos suspicaces, oculta estrategias muy útiles para conocer y manipular a la incauta población. De esto último yo no entiendo, pero he visto montones de artistas libres y originales que no son nada originales, siguen alguna moda y son ajenos a los mercados porque los mercados les dan la espalda, se les escapan, se esconden de ellos, o, sencillamente, no les conceden un puesto en la plaza. Yo mismo he sido un artista libre que siempre se ha mantenido ajeno a modas y mercados, muy a mi pesar.
domingo, 30 de noviembre de 2014
Algo más sobre mi tentativa de reanimación de un lugar parisino el 18 de octubre de 2014
¿Era yo el único que no disimulaba estar al tanto de la relevante efeméride? Exhibía mi librito de Perec dentro del Café de la Mairie, fotografiaba, y anotaba en mi dietario de 2014 lo que pasaba al otro lado del cristal. Otros clientes entraban y salían, tomaban cafés o refrescos, pedían oeufs au plat o sandwiches, leían periódicos, estudiaban guías turísticas o miraban las pantallas de sus celulares, Ipads y ordenadores. M. salió a dar un paseo mientras yo seguía apuntando lo que pasaba y haciendo fotos sin levantarme de la silla. Un matrimonio vino a ocupar la mesa de nuestra izquierda, la pegada al cristal; rondaban la sesentena. El marido giraba la cabeza arriba, abajo, izquierda y derecha; curioso y sonriente, entrecerraba los ojos por el sol que atravesaba la cristalera. Leyó el título del librito de Perec sobre mi mesa, ¿vive usted en Paris?, preguntó. No, respondí también sonriente; pero fue una respuesta más seca y cortante de lo pretendido; dudé si entablar conversación y preguntarle por la efeméride, si sabía que se cumplían cuarenta años desde la fecha que Perec anotó al empezar su “Tentativa de agotamiento de un lugar parisino”, dudé si preguntar, a él y a su señora, si estaban allí por lo mismo que yo. No me atreví, me falló la curiosidad; ganó mi pereza para hablar francés, mi pereza para hablar cualquier idioma, incluso el mío; ganó mi pereza y ahora no estoy seguro: puede que no fuera yo el único que no disimulaba.
M. regresó y se dio cuenta; desde la entrada señaló detrás de mí, me volví; en la pared, justo sobre mi cabeza, había una placa esmaltada azul con letras blancas como todas las que señalan las calles y plazas de París. No fue intencionado, nos habíamos sentado debajo de la placa sin verla; por casualidad, o como es más intenso creer: por intuición. La placa es un guiño Oulipo: donde deberíamos leer e, vemos espacios vacíos, la ausencia de la e en la placa es un homenaje a “La disparition”, la novela que Perec escribió prescindiendo de esa vocal. Así que el Café de la Mairie es territorio por el que ronda o ha rondado Oulipo, donde ha reservado un rincón con placa y todo. Al instante alargué una cámara a M., la Leica x2, y allí, desde la puerta, me retrató en mi silla delante de la placa; luego me levanté, con la m6 hice un par de fotos más de la placa en la pared y salimos. Desde la plaza tomé las últimas fotos del café: las sillas y mesas de fuera y las dos fachadas transparentes. Dentro la señora comía una ensalada, sola en su mesa, porque el marido se había trasladado, se había sentado en la silla que yo había dejado y muy sonriente tomaba su café debajo mismo de la placa:
2012
Plac
G org s P r c
crivain Français
El calendario hizo rodar sus meses, semanas y días hasta que la tierra giró cuarenta años alrededor del sol y mi tentativa había caído en sábado, en cambio Perec se sentó allí un viernes, y no pasa lo mismo un viernes que un sábado cuando no pasa nada en la Place Saint-Sulpice. Perec apuntó bien esa diferencia y para ello alargó su experiencia tres días, de viernes a domingo, mientra que yo sólo me senté unos minutos en el Café de la Mairie, porque era un turista, un viajero atraído por el librito de Perec: “Tentative d’epuissement d’un lieu parisien”, y el Café de la Mairie explota esa baza turística, al menos desde que clavó en 2012 una placa detrás del que aseguran era el asiento que ocupaba.
Y lo que se veía sobre todo pasar por la plaza Saint-Sulpice este sábado cuarenta años después eran turistas, como yo. Si los turistas que se sentaban delante, detrás y a mi lado eran Oulipos que se habían citado para honrar a Georges Perec y anotar qué pasaba cuarenta años después, lo disimulaban muy bien; nadie parecía hacer caso a la efeméride. Dí una vuelta a la plaza, una chica fotografiaba a otra que posaba con traje a rayas de chaqueta y falda; la modelo, de melena morena y rasgos orientales, guapa, dejaba asomar algo más del muslo derecho por una abertura lateral de la falda de tubo larga hasta la rodilla; zapatos negros de tacón afilado, no parecía turista, tampoco modelo profesional, y, desde luego, disimulaba perfectamente su condición de Oulipo. La fotógrafa se agachaba en busca de un contrapicado con la fuente de fondo, manejaba una Nikon de gama media, reflex digital con zoom. Una señora china había traído su propia banqueta plegable, se había sentado detrás de la fuente, en la zona más alejada a la iglesia; escribía en un cuadernito, podrá ser la primera Oulipo, me acerqué y vi que garabateaba, no entendí sus dibujos, quizás disimulaba, quizás, cuando no la miraba, había pasado la página donde apuntaba lo que pasaba cuando no pasaba nada y yo no había captado la maniobra, sólo veía garabatos. A escasos metros, en un banco frente a un lateral de la fuente, otra mujer con más cara de francesa europea (porque la china sería igualmente francesa y europea, supuse) también se inclinaba sobre un cuaderno de notas, un cuaderno Moleskine, me acerqué hasta colocarme detrás con sigilo, trazaba el boceto de la fachada de la iglesia con lápices de colores. O disimulaba.
Nos dispusimos a abandonar la plaza y torcer por la Rue Bonaparte en dirección al Sena. Eche una última mirada al Café de la Mairíe; reparé en la línea de mesas de fuera, las más adelantadas de la acera que se disponen al borde de la calzada y en esquina con la Rue des Canettes. Distinguí unos micrófonos que había visto antes, al entrar en el café, y había pensado en alguna entrevista, pero no había entrevista; una rubia custodiaba su equipo de sonido, el micrófono apuntaba al cielo y a la plaza y formaba un ángulo de 110 grados con el soporte o trípode corto que se posaba sobre la mesa, parecía que registraba el sonido ambiente. Vi otra joven morena una mesa más atrás con un micrófono en la mano y orientado a la plaza igual que el otro; no vi entrevistados, ¿podrían ser estas las Oulipos que esperaba encontrar, unas que no disimulaban y grababan lo que pasaba cuando no pasaba nada cuarenta años después; las únicas Olipos atentas a la fecha, unas Oulipos sonoras?
Nos dispusimos a abandonar la plaza y torcer por la Rue Bonaparte en dirección al Sena. Eche una última mirada al Café de la Mairíe; reparé en la línea de mesas de fuera, las más adelantadas de la acera que se disponen al borde de la calzada y en esquina con la Rue des Canettes. Distinguí unos micrófonos que había visto antes, al entrar en el café, y había pensado en alguna entrevista, pero no había entrevista; una rubia custodiaba su equipo de sonido, el micrófono apuntaba al cielo y a la plaza y formaba un ángulo de 110 grados con el soporte o trípode corto que se posaba sobre la mesa, parecía que registraba el sonido ambiente. Vi otra joven morena una mesa más atrás con un micrófono en la mano y orientado a la plaza igual que el otro; no vi entrevistados, ¿podrían ser estas las Oulipos que esperaba encontrar, unas que no disimulaban y grababan lo que pasaba cuando no pasaba nada cuarenta años después; las únicas Olipos atentas a la fecha, unas Oulipos sonoras?
LO QUE ANOTÉ EN MI DIETARIO, ENTRE FOTO Y FOTO, EN LA MESITA DEL CAFÉ DE LA MAIRIE
18 de octubre
llegamos a en punto
Café de la Mairie
dos cafés
turistas
pocos autobuses
saco una foto desde la acera
un coche me quiere
atropellar, detrás está el
parquing
Una Perrier - pedimos
es mejor hacer con una sola cámara,
dos leicas son demasiadas
para mi, una digital o numérique y la otra
argentique, no me parezco nada a Doisneau ni a
H.C.B – también soy turista
****
autobuses 63 70 86 87 96
¡Un señor con una cesta!
Una de azul turquesa, con flores en la cabeza / un trajeado con dos ramos de flores en
las manos.
detrás del cristal
segunda mesa a la derecha entrando / hay tres mesas a la derecha y dos a la izquierda /
soleado, primaveral / colocaré el filtro naranja en la Leica (definitivamente no soy
Doisneau, soy un turista fotógrafo amateur).
El camarero fuma / el del delantal
****
a las doce, nos vamos,
haciendo fotos se me ha enfriado
el café
Cuarenta años después pasaban cosas diferentes cuando no pasaba nada en la plaza Saint-Sulpice. Yo aguante poco rato y me perdí la mayoría de esas diferencias.
domingo, 2 de noviembre de 2014
Mi tentativa de reanimación de un lugar parisino el 18 de octubre de 2014
Llegamos puntuales a la cita. A las 10:30, desde la rue du Vieux Colombier, cruzábamos la rue Bonaparte y pisábamos la plaza. Me presenté acompañado por M. Tras un recorrido visual por los cuatro lados de la plaza, no encontramos ni rastro del Tabac ni del Café Saint Sulpice. No quedaba más que un café, Le Café de la Mairie, y allí fuimos a ocupar la segunda mesa a la derecha detrás de la entrada acristalada. La mañana del 18 de octubre de 2014 lucía como de primavera y los clientes que habían preferido las mesas de fuera habían dejado libre una de las que queríamos ocupar.
Antes de entrar al Café de la Mairie, fotografié desde la acera el Parking donde s’engouffrait* un “dos caballos” el 18 de octubre de 1972. Desde el mismo punto, también saqué fotos al café. Un Fiat entró en el encuadre y casi me atropella: la acera donde me había plantado descendía por la rampa de acceso al Parking. Cuando el Fiat pasó a mi lado, busqué la cara recriminadora del conductor; sin embargo, un hombre robusto y canoso, de unos sesenta años, con chaleco gris, camisa clara y alzacuello conducía mirando al frente: encontré la amplia sonrisa de un cura divertido por mi sobresalto, por mi gesto de fotógrafo despistado.
Pedimos dos cafés al camarero: un café crème y une noisette; saqué fotos a la mesa: el librito de Perec delante de las dos tazas y el ticket con la fecha, el precio y el nombre del café. Tomas digitales y de película, unas con la Leica x2 y otras con la m6 cargada con Tmax 100 de Kodak. También disparé al interior del café y a lo que pasaba por la acera al otro lado de la cristalera. Se me amontonaba el trabajo: tomas digitales con tomas de película. Es mejor decidirse por una sola cámara, dos Leicas son demasiadas, me estaba liando; no me parezco en nada a Doisneau ni a Cartier Bresson ni a Kertész ni a Brassai; disparaba sin levantarme del asiento que había elegido entre datos imprecisos como el asiento de Perec, porque Perec escribió que se sentó en el Café de la Mairíe poco detrás de la cristalera mirando hacia la calle, sin especificar si se sentó a derecha o a izquierda de la entrada.
M. pidió un agua con gas. El camarero trajo una Perrier.
Un prisma acristalado gana espacio a la acera. Dentro cabe una fila de veladores, cada uno con sus dos sillas que miran paralelas a la plaza. Cinco mesitas y diez sillas en total: tres veladores a un lado del paso de entrada y dos al otro. Nosotros también miramos a la plaza, ahora la entrada queda delante a nuestra derecha, estamos ante el velador del medio de los tres a la izquierda del paso, M sentada a mi izquierda, a su izquierda queda libre la tercera mesa, la que toca un lateral del prisma acristalado; a mi derecha un señor lee una guía turística, la otra silla de su mesa está vacía; al otro lado, a un metro escaso para la entrada y salida de clientes y camareros que sirven fuera, las otras dos mesas con sus cuatro sillas vacías. Detrás de nosotros el café entra en el edificio.
* s'engouffrait: se introducía, se precipitaba, descendía.
domingo, 28 de septiembre de 2014
El malogrado / Tentative d’épuisement d’un lieu parisien
El malogrado es una novela que trata más sobre el talento que sobre la falta de él. Con esta afirmación ocupo una linea de este párrafo y no descubro casi nada; pese a todo, es una verdad plausible, no seré yo quien os descubra ahora a Bernhard, ahora que he leído por primera vez una de sus novelas, y la he leído dolorido, recostado de medio lado con 400 mg de ibuprofeno cada cuatro horas. De momento no voy a releerlo. Podría haber empezado el párrafo con la afirmación inversa: El malogrado es una novela que trata más sobre la falta del talento que sobre el talento. Afirmación igual de larga que la anterior y que considero menos admisible. Me atengo a un ejercicio de lógica: si Bernhard escribe con talento sobre la falta de talento, la novela trata del talento, no habría más que hablar; quizás la formula V-F me falle (ya no puedo recordar las lecciones de lógica en clase de filosofía de tercero de BUP), pero el tema de El malogrado es el talento de uno más dos pianistas y de sus variaciones, Las variaciones Goldberg de Bach que interpretaba Glenn Gould. Las Variaciones. Los tres son excelentes pianistas, pero el mejor, el virtuoso Glenn Gould, bloquea a los otros dos y cada uno de estos se lo toma de diferente modo, los dos con su no desdeñable talento (o sí, su talento es precisamente desdeñable y por eso El malogrado habla del talento y no de la falta de él) saben que no llegarán al mejor talento, el del mejor de los tres, el de Glenn Gould, no lo dudan desde el día que presenciaron su interpretación de Las variaciones Goldberg.
El Malogrado (Der Untergeher). Thomas Bernhard. Traducción de Miguel Sáez. Alfaguara
Tentative d’épuisement d’un lieu parisien es perfecto para una buena lumbalgia: el cuadernito de 17 x 11 cm y 50 páginas se sujeta bien con una mano y en cualquier posición. El paciente lumbálgico puede reacomodar sus riñones en busca de la postura menos dolorosa y proseguir la lectura de “lo qué pasa cuando no pasa nada más que tiempo, gente, coches y nubes” pese a que, en su retaguardia posicionada provisionalmente en la cama o en el sofá, pase de todo: pasan agujas, calambrazos, rayos y centellas. Este Octubre se cumplen cuarenta años desde que Perec se sentó en algún lugar de la place Saint-Sulpice: ocupó asiento en un tabac, en un banco a pleno sol y en dos cafés para describir y enumerar, con su creativo talento, un inventario memorable que, mientras yo leía este verano tumbado de medio lado, pensé conmemorar. Imaginé que el próximo 18 de octubre me sentaría en un café de Saint-Sulpice y, como Perec, pediría un ballon de bourgueil. Vería mucha gente pasar, no encontraría a Paul Virilio, ni a Geneviève Serreau, ni a Jean-Paul Aron, pero sí algo parecido a un épagneul?, un perro o alguien con pinta de español, porque, si no pasase nadie con suficiente aspecto español, yo mismo me levantaría y pasaría delante del café acristalado, y así, a falta de otro español menos indudable, contemplaría mi propio reflejo. Imaginé este proyecto artístico-literario-turístico para este otoño. Llegaría a París en viaje relámpago ignorando si una legión de Oulipos ocuparía, o no, todos los cafés, las terrazas y los bancos de Saint Sulpice: oulipistas o seguidores de Perec escribiendo sobre lo que pasa cuando no pasa nada más que tiempo, gente, coches y nubes. Iría sin avisar, sin una planificación detallada, no llamaría a mis amigos parisinos a riesgo de que me tildasen de rancio; no les quiero molestar, no quiero que me importunen; pasaría horas del sábado y del domingo recordando a Perec; fotografiaría y gastaría muchos carretes sin esperar el instante preciso, para eso llevaría mi M6, nada de foto digital, me imaginaba mientras pasaba otra página de Tentative d’épuisement d’un lieu parisien y posicionaba mi espalda de nuevo. ¿Escribiría además?, llevaría una libreta por si acaso. Sería improbable que me topase con un conocido aunque no imposible; quizás un amigo me sorprendiese y me recriminase por no haberle llamado, por haber reservado un hotel en vez de hospedarme en su casa cuando sé que soy bien recibido; y luego quedaríamos para cenar, ¿que haces luego?, también se mofaría, ¿te estoy estropeando el plan de emular a Perec?, ¿no ves que todo París emula a Perec hoy?, ¿no ves que hay una Concentración de Discípulos de Georges Perec en la place Saint-Sulpice?
El Malogrado (Der Untergeher). Thomas Bernhard. Traducción de Miguel Sáez. Alfaguara
Tentative d’épuisement d’un lieu parisien. Georges Perec. Christian Bourgois éditeur
domingo, 21 de septiembre de 2014
El aire tiembla sobre mi cabeza pero voy a redactar una lista de libros de todos modos.
Sólo puedo escribir si los vecinos no están, y ahora están: mi techo retumba, el crujido del cielo raso me ataca el corazón, me sobresalta y me bloquea. Pongo la peor música de mi colección, la subo a todo volumen y no es suficiente. Hoy es 21 de septiembre de 2014. Empezará el otoño pasado mañana. Mi verano fue a mejor desde que empezó el día 15 de julio (por si alguien no lo sabe, el verano empieza en Pamplona con el Pobre de Mi a las 00 horas del 15 de julio). Y empezó mal. El 15 de julio, visita a urgencias por un agudo dolor en la zona baja de la espalda (la zona lumbar) y un reflejo más abajo que alcanzaba el frente de ambos muslos. Siempre me pongo en lo peor, soy hipocondríaco, y por eso detallar mi encuentro en la consulta del ambulatorio serviría para ejercitarme en el relato humorístico. Voy a ahorrarme tal ejercicio literario resumiendo que la doctora suplente se rió en mi la cara y me despachó con una receta de ibuprofeno. Ya sabía yo que no debía consultar nada en interné sobre cualquier indicio de síntoma que padeciese –ahora me pongo de pie–: soy hipocondríaco –me vuelvo a sentar–. Terminé la caja de ibuprofenos y regresé a la consulta: el dolor no remitía. Esta vez un doctor suplente me mandó a casa con una pomada. Ya sabía yo que no debía consultar nada en interné sobre cualquier indicio de síntoma que padeciese, pero volví a mirar: la lumbalgia se pasa, leí, paciencia, dura entre cuatro y seis semanas. A las seis semanas el dolor empezó a remitir; no regresé a la consulta, que les den pomada a los médicos suplentes, no estoy para más risas. Ahora siento una molestia parecida a la del 15 de Julio pero creo saber de qué se trata; la incertidumbre es la enfermedad que empuja al hipocondríaco a las consultas, por eso ahora no iré, a no ser que empiece a sospechar que los médicos suplentes se equivocaron y quizá esto sea un síntoma de otra cosa peor, una suerte de aviso que los suplentes no supieron leer desde el banquillo de médicos suplentes, que por algo son suplentes, digo yo.
LISTA VERANIEGA 2014, POR ORDEN DE LECTURA
El malogrado, Thomas Bernhard. Tentative d’épuisemente d’un lieu parisien, Georges Perec. El sobrino de Wittgenstein, Thomas Bernhard. Flametti o el dandismo de los pobres, Hugo Ball. Más que discutible, Oscar Tusquets Blanca. Días de Nevada, Bernardo Atxaga. Principantes, Raymond Carver. La palabra del mudo de Julio Ramón Ribeyro (relectura). 14 , Jean Echenoz. W ou le souvenir d’enfance, Georges Perec. La conjura de los necios, John Kennedy Toole.
14 de Echenoz es el primero de la lista que leí sin ibuprofenos. El 28 de septiembre del año pasado lo había adquirido en la misma librería de San Juan de Luz donde compro literatura francesa. Es la edición de octubre de 2012 en Les éditions de minuit; encuadernado en cartulina blanca, mate, desnuda, sin plastificar; en la portada una fina línea azul enmarca todo: el nombre del autor en negro, el título en la misma tinta azul de la orla, la estrella y la m minúscula distintivo de la editorial también en azul y en cursiva, y, debajo en negro, el nombre completo "Les éditions de minuit". Ninguna imagen adorna la portada, el diseño es fiel a la historia de la editorial. Por esa austeridad elegí 14 después de La palabra del mudo que publicó Seix Barral en 2010 con una foto de Chema Madoz debajo del título. ¿En qué pensarán los diseñadores gráficos de las colecciones de editoriales españolas cuando eligen las imágenes de sus portadas plastificadas? ¿Qué significa el cubo de hielo con un cordel que cruza todas sus caras como a un fardo y se ata arriba con un lacito? Un paquetito de hielo. Un hexaedro helado que se derrite y forma su charquito de agua sobre un fondo continuo blanco. La palabra del mudo tiene mil y pico páginas. Son ciento un cuentos. Ribeyro es un cuentista prolífico y prodigioso: un libro que hay que guardar. Y quizás la foto del hielo represente esto mismo: el paquete de cuentos se derretirá en tus recuerdos, guárdalo y podrás releerlos, guárdalo, se derretirá otra vez... Describiría la buena literatura, no sólo la de Ribeyro, pero a mí no me cuadra: mi relectura de La palabra del mudo no encaja con la ñoñería poética de la imagen de su portada. En Les éditions de minuit, sin fotos de portada, no veo tales contradicciones.
Sólo puedo escribir si los vecinos no están, y ahora están: mi techo retumba, el crujido del cielo raso me ataca el corazón, me sobresalta y me bloquea. Pongo la peor música de mi colección, la subo a todo volumen y no es suficiente. Hoy es 21 de septiembre de 2014. Empezará el otoño pasado mañana. Mi verano fue a mejor desde que empezó el día 15 de julio (por si alguien no lo sabe, el verano empieza en Pamplona con el Pobre de Mi a las 00 horas del 15 de julio). Y empezó mal. El 15 de julio, visita a urgencias por un agudo dolor en la zona baja de la espalda (la zona lumbar) y un reflejo más abajo que alcanzaba el frente de ambos muslos. Siempre me pongo en lo peor, soy hipocondríaco, y por eso detallar mi encuentro en la consulta del ambulatorio serviría para ejercitarme en el relato humorístico. Voy a ahorrarme tal ejercicio literario resumiendo que la doctora suplente se rió en mi la cara y me despachó con una receta de ibuprofeno. Ya sabía yo que no debía consultar nada en interné sobre cualquier indicio de síntoma que padeciese –ahora me pongo de pie–: soy hipocondríaco –me vuelvo a sentar–. Terminé la caja de ibuprofenos y regresé a la consulta: el dolor no remitía. Esta vez un doctor suplente me mandó a casa con una pomada. Ya sabía yo que no debía consultar nada en interné sobre cualquier indicio de síntoma que padeciese, pero volví a mirar: la lumbalgia se pasa, leí, paciencia, dura entre cuatro y seis semanas. A las seis semanas el dolor empezó a remitir; no regresé a la consulta, que les den pomada a los médicos suplentes, no estoy para más risas. Ahora siento una molestia parecida a la del 15 de Julio pero creo saber de qué se trata; la incertidumbre es la enfermedad que empuja al hipocondríaco a las consultas, por eso ahora no iré, a no ser que empiece a sospechar que los médicos suplentes se equivocaron y quizá esto sea un síntoma de otra cosa peor, una suerte de aviso que los suplentes no supieron leer desde el banquillo de médicos suplentes, que por algo son suplentes, digo yo.
LISTA VERANIEGA 2014, POR ORDEN DE LECTURA
El malogrado, Thomas Bernhard. Tentative d’épuisemente d’un lieu parisien, Georges Perec. El sobrino de Wittgenstein, Thomas Bernhard. Flametti o el dandismo de los pobres, Hugo Ball. Más que discutible, Oscar Tusquets Blanca. Días de Nevada, Bernardo Atxaga. Principantes, Raymond Carver. La palabra del mudo de Julio Ramón Ribeyro (relectura). 14 , Jean Echenoz. W ou le souvenir d’enfance, Georges Perec. La conjura de los necios, John Kennedy Toole.
14 de Echenoz es el primero de la lista que leí sin ibuprofenos. El 28 de septiembre del año pasado lo había adquirido en la misma librería de San Juan de Luz donde compro literatura francesa. Es la edición de octubre de 2012 en Les éditions de minuit; encuadernado en cartulina blanca, mate, desnuda, sin plastificar; en la portada una fina línea azul enmarca todo: el nombre del autor en negro, el título en la misma tinta azul de la orla, la estrella y la m minúscula distintivo de la editorial también en azul y en cursiva, y, debajo en negro, el nombre completo "Les éditions de minuit". Ninguna imagen adorna la portada, el diseño es fiel a la historia de la editorial. Por esa austeridad elegí 14 después de La palabra del mudo que publicó Seix Barral en 2010 con una foto de Chema Madoz debajo del título. ¿En qué pensarán los diseñadores gráficos de las colecciones de editoriales españolas cuando eligen las imágenes de sus portadas plastificadas? ¿Qué significa el cubo de hielo con un cordel que cruza todas sus caras como a un fardo y se ata arriba con un lacito? Un paquetito de hielo. Un hexaedro helado que se derrite y forma su charquito de agua sobre un fondo continuo blanco. La palabra del mudo tiene mil y pico páginas. Son ciento un cuentos. Ribeyro es un cuentista prolífico y prodigioso: un libro que hay que guardar. Y quizás la foto del hielo represente esto mismo: el paquete de cuentos se derretirá en tus recuerdos, guárdalo y podrás releerlos, guárdalo, se derretirá otra vez... Describiría la buena literatura, no sólo la de Ribeyro, pero a mí no me cuadra: mi relectura de La palabra del mudo no encaja con la ñoñería poética de la imagen de su portada. En Les éditions de minuit, sin fotos de portada, no veo tales contradicciones.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










