domingo, 28 de octubre de 2012

Que el tiempo vuela

Que el tiempo vuela es un tópico y “El tiempo envejece deprisa” un título de Tabucchi.
Ayer estuve con Mitsuo que inauguraba una exposición. La había titulado “Memorias imaginadas”.

–Me gusta el título –le comenté.
–Muy clásico ¿no? –y rió como ríe Mitsuo.
–Me recuerda un título de Tabucchi; lo empecé hace años y lo dejé, este marzo, cuando murió Tabucchi, lo retomé: “Autobiografías inventadas”.
–Sí, tiene algo que ver –respondió Mitsuo.
Creo que no entendía muy bien de qué le hablaba y yo tampoco lo tenía muy claro.
–Espera no, no es “Autobiografías inventadas” sino “Autobiografías ajenas”, pero hay otro título que es “Recuerdos inventados” aunque ya no sé si es de Tabucchi, en cualquier caso es un título bonito como las “Memorias de un amnésico” de Satie, en fin, me estoy liando.

Y cambiamos de tema. Esta mañana he encontrado los “Recuerdos inventados”. Es una antología de cuentos de Vila-Matas. ¿Por qué me sigues Enrique?, le dice Tabucchi a Vila-Matas en un cuento que no sabré decir si está antologizado bajo este título porque no lo leeré otra vez, se lo enviaré el lunes a Mitsuo para que en su casa de Madrid sepa de qué carámbanos le hablaba.
He empezado con el tópico del tiempo. El tiempo no pasa deprisa: el tiempo ya ha pasado. No me explico bien, lo sé, pero no creo que sea cierto que el tiempo pase deprisa: el tiempo envejece deprisa como escribió Tabucchi y algo parecido escribió Jaime Gil de Biedma en su célebre poema. Qué idiota. No se dio cuenta de que envejecía. Porque el tiempo no pasa tan deprisa: no nos enteramos de que pasa, somos lentos o idiotas. Nos enteramos de que pasó cuando pasó; sin embargo, podemos contar unos segundos. “Un, dos, tres, cuatro, cinco”. Ahora hemos compartido cinco segundos: gracias. Hablo en plural porque este curso imparto unas clases de fotografía tres días a la semana. Estoy en crisis económica y debo interrumpir mi acuarela para pagar las pastillas Schmincke, el agua destilada y el alquiler del estudio. Debo interrumpir la acuarela que estoy pintando para impartir una asignatura optativa de bachillerato. Nos encerramos en un laboratorio a contar segundos bajo una luz fluorescente roja. En el laboratorio fotográfico hacemos muchas tiras de prueba: exposiciones del papel cada cinco segundos bajo la luz de la ampliadora. Contamos los segundos para valorar grises; esos segundos no volverán, tampoco importa, las tiras de prueba se exponen en bandas graduadas, el tiempo y la luz dejan su huella en el recorte del papel fotográfico; elegimos la exposición correcta y tiramos a la basura la tira de pruebas. En mi vida fotográfica he tirado la tira de tiras de prueba. Nos deshacemos de los tiempos registrados. Y hacemos bien, supongo. Mis alumnas –la mayoría son chicas– y yo parece que contamos los mismos segundos, pero a mí Gil de Biedma me ha jodido bien y en su poema les llevo dos estrofas de ventaja.

NO VOLVERÉ A SER JOVEN  
Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro. 
Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

No lo puedo evitar, es mentar a Gil de Biedma y acordarme de Astrud. Presté atención a Gil de Biedma por la 2 de Televisión Española y también por el disco “Todo nos parece una mierda” de Astrud. Yo no tengo libros de Gil de Biedma en casa y no me atrevo a cantar que los poetas españoles son malos; he conocido este poema en un documental de televisión y lo he copiado de otro blog en Internet.


Habrá sido el cambio de hora de esta madrugada, ya estamos a mitad de otoño, hoy hemos retrasado una hora los relojes y esta tarde en que todo se ve más oscuro me ha traído el sombrío poema de Gil de Biedma; me he despistado, no quería ir por ahí, sólo subrayar que el tiempo pasa, deprisa o no es subjetivo, percepciones del cerebro según los científicos. También he encontrado una observación de Heidegger –en Internet, si no he leido a Gil de Biedma menos a Heidegger: tengo muchas asignaturas pendientes–: “el tiempo persiste sólo como una consecuencia de los acontecimientos que ocurren en él”.

En la exposición de Mitsuo encontré a Fofito Grillo. ¡Cuánto tempo!, me dijo. No será tanto, le contesté. ¿Cómo que no?, no nos vemos desde antes del verano. Fofito Grillo tenía buen aspecto y lucía un humor excelente, con un brillo de ojos que no recordaba. Veo que no me has echado de menos, continuó. Pues no, la verdad, respondí secamente. Pues yo a ti sí, mira por donde; y he venido porque Mitsuo me dijo que vendrías, me he presentado sobre todo para verte, porque yo soy tan amigo de Mitsuo como tú y ya estuve con él la semana pasada. No me cuentes ahora lo amigo que tú eres de nadie; ni lo dudo, ni me importa, repliqué. Caray que humos gastas; ¿qué?, ¿no me preguntas dónde he estado todo este tiempo? “Todo este tiempo”, pensé, no me había percatado de que Fofito Grillo desapareció antes del verano, ya estamos en octubre, el tiempo vuela, por eso he empezado estas líneas con esa frase: para evocar una circunstancia desapercibida durante meses, no para deprimirme con Gil de Biedma.




sábado, 20 de octubre de 2012

18-07-1916




“149

Ningún problema tiene solución. Ninguno de nosotros desata el nudo gordiano; todos nosotros o desistimos o lo cortamos. Decidimos bruscamente, con el sentimiento, los problemas de la inteligencia, y lo hacemos o por cansancio de pesar, o por timidez de sacar conclusiones, o por el impulso gregario de regresar a los demás y a la vida.
Como nunca podemos conocer todos los datos de una cuestión, nunca podemos resolverla.
Para llegar a la verdad nos faltan datos suficientes, y procesos intelectuales que agoten la interpretación de estos datos.

18-07-1916.”

Página 138

Mira que es majo este Fernando Pessoa o Bernardo Soares o Arturo el Contable o quien sea el que en la página 138 de mi ejemplar del “Libro del desasosiego” editado en Seix Barral me explica por qué no encuentro solución a mi problema: sencillamente porque no la hay, ¿cómo la voy a encontrar?, ¿cómo voy a saber si Arturo es Pessoa si me faltan datos? Aunque cada vez encuentre más datos, siempre me faltará alguno. Ahora sospecho que Pessoa ha leído mi problema aquí en este blog; conoce mi incapacidad matemática, mi problema irresoluble, y me ha estado esperando en la página 138 para liberarme de cargas, para exonerarme con estas líneas que escribió un 18 de julio de 1916. No eres tan tonto, me dice, es que no hay solución, o quizás sí, eres muy tonto pero da igual, porque de todas formas el problema no tiene solución; ningún problema tiene solución.
Lo dejó escrito para mí un día señalado de Fiestas y Ferias de San Fermín 1916.



lunes, 1 de octubre de 2012

Metalizado



–¿Qué tal te va?
–Bien.
Es toda mi respuesta, le doy vueltas, no sé, me parece corta y no quiero resultar hosco, hace tiempo que no nos vemos, pero no sé qué añadir y me mira con esa sonrisa congelada que pregunta “bien, ¿y?”; finalmente me decido, rompo el silencio expectante:
–Bien, muy bien.
Ahora creo que me he pasado de optimista.
–¿Y qué estas haciendo?
Silencio. Esta vez la sonrisa estancada está en mi cara, una sonrisa de boca cerrada. Debería preparar una respuesta para estos casos, o varias; si mi interlocutor me cayese mal, sería fácil, pero en este momento no sé que decir, quedaré como un bobo.
–Bien ¿qué quieres?, como siempre, voy al taller, sigo sin saber bien qué hacer, como siempre, ya sabes, ¿eso es bueno, ¿no?
–¿Editaste aquel puzzle para hacer esculturas?
–No, sólo hice dos cajas, no conseguí el dinero para la edición.
Ahora es más fácil, podría explicar los problemas técnicos de la micro fusión, hablar de moldes de acero, de mecanizados en serie, de gastos de producción, pero me callo, no sigo, me aburre hablar, me aparto y miro la puesta de sol desde el malecón: el mar parece plata; y es verde, últimamente me fijo en los verdes, este metalizado se parece mucho al de un Opel Corsa que he visto aparcado esta mañana debajo de casa.

domingo, 23 de septiembre de 2012

El poeta, el contable y el comecocos





A mis amigos Pessoa les cae bien. A mí no es que me caiga mal, es que no creo que sea Pessoa. Nos juntamos un día por semana en una hostería, la mejor casa de comidas de la ciudad: menú casero, bien atendido en la entreplanta de un edificio del casco antiguo. Allí coincidimos con el supuesto Pessoa que se sienta a comer solo; sabemos que es contable, que viene todos los días laborales, que su oficina está a escasos metros del restaurante. En invierno lleva sombrero, paraguas, periódico y maletín. Hasta ahí todo bien, bastante pessoano u heterónimo. Que le falte bigote, unos anteojos y sea más alto, son detalles sin importancia, minucias: esto no es Lisboa y un siglo después lo normal es que la alimentación y la moda hayan evolucionado en la península. Tampoco importa que las dueñas de la hostería, que nos atienden con familiaridad, no le llamen Fernando sino Arturo: a un autentico Pessoa le llaman por muchos nombres. Son otros los detalles que me obligan a contradecir a mis amigos. No es Pessoa, me niego a creerlo, les digo. ¿No veis que en vez de orujo toma gin tonic después de comer? Y suponemos que es funcionario; ni Pessoa ni Bernardo Soares son funcionarios, trabajan para empresas de importación exportación. Arturo dispone de un buen puesto en La Diputación y no siempre come solo, recordad, algún día le acompaña a la mesa el Director del Departamento de Cultura. Y por último y más importante, la prueba irrefutable: nunca se termina el vino del menú. Se deja media botella. Inconcebible.
Mis amigos no me toman en serio. Estoy acostumbrado a su desdén, por eso insisto y ahora dudo; puede ser, la media botella no me parece  tan irrefutable, porque, hasta lo que he leído del “Libro del desasosiego”, me fallan las matemáticas.

“Hoy, como me oprimiese la sensación del cuerpo aquella angustia antigua que a veces rebosa, no he comido bien, ni he bebido lo de siempre, en el restaurante, o casa de comidas, en cuyo entresuelo fundamento la continuidad de mi existencia. Y como al salir yo, el camarero comprobase que la botella de vino había quedado mediada, se volvió hacia mí y dijo: “hasta luego, Sr. Soares, que se mejore”. ”
Fernando Pessoa. “Libro del desasosiego de Bernardo Soares”. Traducción de Ángel Crespo. Seix Barral, decimosegunda edición: julio 1991. Página 103.Capítulo 108.

Analizo los datos:

CONSUMO HABITUAL DE VINO EN LA COMIDA 
ARTURO EL CONTABLE    ½ BOTELLA
BERNARDO SOARES          1 BOTELLA
FERNANDO PESSOA          X BOTELLA

Problema:
Definir la cantidad de vino en unidades de botella que consume Fernando Pessoa durante la comida y cotejar esta cantidad con la que consume Arturo el contable para, en caso de que las cantidades no coincidan, descartar que el contable Arturo sea el poeta Fernando Pessoa y zanjar de una vez por todas la discusión con mis amigos comensales. Si, por el contario, las cantidad de vino consumido coincidese, nuestra discrepancia se mantendría en alto y seguiremos como al principio.

Dispongo de más datos: en el prólogo, el traductor Ángel Crespo cita a Fernando Pessoa que primero dice: “Bernardo Soares es una personalidad literaria”, y luego: “Bernardo es mi semiheterónimo”.

La primera afirmación me conduce a dos alternativas:

Alternativa 1:
Bernardo Soares es una personalidad literaria no ortónima. Una personalidad independiente del escritor. No es Fernando Pessoa, ¿pero queda algo de Fernando Pessoa en este personaje? No lo sé y de momento elimino las infinitas fracciones posibles para deducir:

1 BERNARDO SOARES ≠ 1 FERNANDO PESSOA

A partir de aquí no sé encontrar la solución. Desconozco la cantidad de vino que consume Fernando Pessoa.

Alternativa 2:
Bernardo es una personalidad literaria ortónonima y autobiográfica. Bernardo Soares es Fernando Pessoa. Pero un escritor puede volcar toda su personalidad en el personaje o sólo una parte. ¿Cuánto de Fernando Pessoa abarca Bernardo Soares? No lo sé, es otro enigma a resolver. Simplifico las opciones eliminando fracciones y así:

1 BERNARDO SOARES = 1 FERNANDO PESSOA

Con esta alternativa obtengo mi primera solución. Si Bernardo Soares y Fernando Pessoa son la misma persona que consume una botella de vino durante el almuerzo, Arturo el contable, que sólo toma media botella, no puede ser, de ninguna  manera, Fernando Pessoa.

ARTURO EL CONTABLE ≠ FERNANDO PESSOA

Demasiado Fácil. No conviene fiarse de que un escritor refleje fielmente toda su personalidad en el personaje autobiográfico. Como he apuntado antes, por muy sincero que sea, un escritor se fracciona y suma invenciones, olvidos o percepciones subjetivas a su personaje.

La otra afirmación: “Bernardo Soares es mi semiheterónimo”, me permite centrarme en un quebrado: La mitad, sugerida por el prefijo “semi”.
Bernardo Soares es mitad Pessoa y mitad heterónimo, según interpreta el traductor y prologuista Ángel Crespo en esta frase de Pessoa. Daré la interpretación por válida. Me fío del erudito aunque no puedo evitar el acecho de otra posibilidad: que Bernardo Soares sea mitad heterónimo y mitad cualquier ficción que no trate de Pessoa. Entonces debería definir qué es un heterónimo y distinguirlo de otro tipo de ficciones. Y un heterónimo es un pseudónimo que vive independiente del escritor. La cosa se complica. Por eso confío en Ángel Crespo que ha leído el “Libro del desasosiego de Bernardo Soares” y a los demás heterónimos de la creación literaria de Pessoa. Conoce la biografía de Fernando Pessoa y la diferencia de sus heterónimos.
La interpretación de Ángel Crespo y la mayoría de Pessoanos conduce a esta formula:

BERNARDO SOARES = ½ FERNANDO PESSOA + 1HETERÓNIMO

Por otro lado:

FERNADO PESSOA = ½ FERNANDO PESSOA + ½ FERNANDO PESSOA = F1 + F2

Donde “F1” es el subconjunto de características que definen a Fernando Pessoa entre las que se incluye la costumbre de beber una botella completa de vino en las comidas y “F2” el subconjunto de características que definen a Fernando Pessoa que no incluye esta costumbre de beber una botella completa de vino en las comidas.
De ahí que si:

BERNARDO SOARES = F1 + HETERÓNIMO

el vino que consume Arturo no corresponderá con el vino consumido en “F1”, luego Arturo no es Fernando Pessoa.

Pero si:

BERNARDO SOARES = F2 + HETERÓNIMO

cabe alguna posibilidad de que la cantidad de vino consumida por Bernardo Soares no refleje la cantidad que consume Fernando Pessoa, y por tanto no puedo descartar que Arturo el contable y Fernando Pessoa sean la misma persona.
¿Y por qué digo que cabe alguna posibilidad de que el vino que consume Bernardo Soares no coincida con el que consume Fernando Pessoa, en vez de afirmar rotundamente que no coincide en absoluto ya que el término “F2” no contempla el vino que toma Pessoa? Lo digo porque un heterónimo puede componerse de distintas maneras. Un heterónimo puede a su vez contener fracciones de la personalidad del autor junto a otras características independientes o ficticias.

HETERÓNIMO = CARACTERÍSTICAS AUTOBIOGRÁFICAS DEL POETA + CARACTERÍSTICAS INDEPENDIENTES Y LITERARIAS

Es decir, que en la mitad “heterónimo” que compone la totalidad de Bernardo Soares pueden colarse características de la personalidad de Fernando Pessoa, entre las que no debo olvidar el consumo de vino en las comidas. Y de esta manera formular:

BERNARDO SOARES = F2 + HETERÓNIMO = F2 + (ELEMENTOS DE LA PERSONALIDAD DEL POETA ENTRE LOS QUE SE INCLUYE EL CONSUMO DE VINO EN LA COMIDA + OTROS ELEMENTOS DE PERSONALIDAD INDEPENDIENTES A FERNANDO PESSOA) = F2 +(  HP  + RESTO DE HETERÓNIMO) = F2 +( HP + HS)

Porque:

SECCIÓN HETERÓNIMO DE BERNARDO SOARES = HP + HS

Donde “HP” es un subconjunto de “heterónimo” que contiene elementos de la personalidad del poeta Pessoa, y “HS” el subconjunto de “heterónimo” con las características propias de Bernardo Soares.  Debo anotar que, a diferencia de “F1” y “F2”, “HP” y “HS” no tienen por qué ser mitades iguales.


Casi todas las bifurcaciones que encuentro en mis operaciones me llevan a descartar que Arturo el contable sea Fernando Pessoa, si embargo, la fórmula:

BERNARDO SOARES =  F2 + HETERÓNIMO

contiene la opción beber 1 botella de vino en las comidas dentro de “heterónimo” (o de “HS”), mientras la mitad referida a Pessoa o “F2” ignora esta caraterística y no me permite descartar que Arturo el contable sea Fernando Pessoa. Me deja en un callejón sin salida.

Si han llegado hasta aquí, se habrán dado cuenta de que las matemáticas no me fallan: soy yo quien falla a las matemáticas. Me pasé al bachillerato de letras para huir de ellas, no supe apreciarlas en su medida y ahora las necesito. ¡Necesito tantas cosas que nunca conseguiré! Por ejemplo, nunca aprenderé matemáticas, me resigno al vacío de lo no empezado, al tiempo en que no me ocupé del álgebra ni de encontrar soluciones a ecuaciones de diferentes grados que ahora me permitirían distinguir entre variables, constantes, coeficientes y términos independientes de la función. Vale, de acuerdo, soy incapaz de distribuir media botella, una botella, un poeta, un heterónimo y un contable en la ecuación; pero por favor que no me jodan, este tío no es Pessoa.

domingo, 26 de agosto de 2012

Interior

Interior: leo tumbado en la cama, algo corre junto a ventana, levanto la vista. ¿Un moscón en la pared? No. Se mueve como una araña: acelera, frena y cambia de dirección. Me acerco, no es una araña, es una arañita marrón –tierra sombra natural, con el dibujo de un paréntesis cerrado ocre amarillo en el abdomen. ¿Preciosa arañita, cómo has llegado hasta aquí? La ventana está abierta pero es un tercer piso. ¿Sabes qué hago cuando veo arañas o arañitas?: aplastarlas. Tengo el “Libro del desasosiego” de Pessoa en la mano. Puedo darte con él, aplastarte con el lomo, de un lomazo, o mejor dicho, de un librazo: un librazo del desasosiego o un desasosiegazo. Veo que correteas alrededor del marco de ventana sin encontrar la salida. Te noto azorada. Saco un pañuelo de la cómoda y te estrujo entre mis dedos resguardados por la tela. Te desmenuzas. No me he manchado. Entiéndeme, es una habitación con moqueta: buen lugar para anidar; no quiero soñar con ejércitos de arañitas con paréntesis debajo de mi cama. Ahora rociaré todas esquinas con insecticida Bloom Cruz Verde por si las moscas –o arañitas.

Antes de la interrupción, era la tercera vez que empezaba el “Libro del desasosiego”. En su día anoté la fecha y el lugar de compra en la primera página. 29 de julio de 1992, Pamplona. No quité una pequeña pegatina ovalada distintivo de la librería: “Xalem”. Recuerdo el primer intento: aquel verano de 1992 empecé a leerlo en la piscina por las mañanas. Me costaba seguir el hilo. Demasiadas interrupciones. La piscina es un club deportivo en el que me inscribió mi padre desde niño. En agosto los mayores trabajan hasta mediodía y los niños que han suspendido reciben clases de recuperación, otros disfrutan en la playa a kilómetros de distancia. Por la mañana puede despistarme algún bikini tomando el sol y la piel bronceada que no cubre el bikini. Demasiadas interrupciones no significa muchas interrupciones. Lo mejor de un club poco frecuentado es su tranquilidad; lo peor, el escaso entretenimiento. Según se mire –o se quiera mirar, que todos miramos– se interpretará de distinta manera. Para leer “Libro del desasosiego” tumbado sobre el césped es preferible poco entretenimiento. Si una arañita con paréntesis ocres me hace levantar la vista, ¿cómo voy a concentrarme en la lectura rodeado de caderas y demás contornos?
Han pasado 20 años. Recuerdo las interrupciones y las echo de menos. Conmigo y mi ejemplar de “Libro del desasosiego” había en el recinto bañistas de mi edad y otras más jóvenes, también mamás primerizas con el bebé, alguna tía con sobrinito, cuidadoras contratadas a cargo de dos o tres hermanitos; el resto, y en mayor número, jubilados y jubiladas. Era imposible no escuchar los intercambios de menúes entre jubiladas o esposas de los jubilados; porque ellas no estaban jubiladas: seguían al pié del cañón y dejaban la comida hecha antes de venirse a tomar un baño para que la hija, el yerno, los nietos y el marido encontrasen todo a punto.

–Pues yo hoy les he puesto un bacalao con pimientos, buenísimo.
–¿Cómo lo compras, fresco o salado de toda la vida?
–Pues chica, a mi yerno, que es muy raro, no le gusta el seco y mi hija le pone siempre del fresco; así que ahora se lo compro en la pescadería del Eroski y sale estupendo, les encanta.
–Pues yo tengo preparadas unas pechugas con ensalada y va que chuta. Las he dejado ya rebozas, así cuando llegue las frío en un periquete. Hija, con estos calores no apetece cocinar ni mucho ni poco.
–¡Di que sí!, ¿para qué comer tanto?, nosotros con el bacalao tenemos bastante; eso sí, también pondré un tomate del pueblo cortadico en rodajas con aceite, vinagre y ajos, sin más, que es como les gusta, ¡si vieras qué tomates nos han salido en la huerta!, ¡mañana te traigo unos para que los pruebes!
En este punto, el desasosiego de Pessoa, o el de su “semiheterónimo” Bernardo Soares, o el de quien quiera que estuviese desasosegado, quedaba eclipsado por el ruido de mis tripas y el trajín de jugos gástricos.

Ahora debería aclarar que estás interrupciones no son las que, como he expresado arriba, hecho de menos; estas podría revivirlas llegando por la mañana con el viejo volumen de “Libro del desasosiego” y apostándome en el lugar propicio para ser interrumpido. Hecho de menos las irrecuperables. Había señores que completaban un ancho a estilo braza marinera, salían del agua y se acercaban por separado –juntos no,cada uno había establecido su hora de baño particular– a preguntarme por el arte, por la pintura o, más concretamente, por la escultura; esta precisión dependía de las conversaciones que hubieran mantenido con mi padre, de su amistad con él: ¿Hasta cuándo te quedas?, ¿cuándo vuelves a París?, ¡qué bien se vive a tu edad!, ¿qué tal marcha la moto?, yo tuve una Sanglas, ¿sabes?, me la compré después de mi primer ascenso, antes tenía una vespa. Me hablaban de pie, con el calzón de baño chorreando; yo dejaba el “Libro del desasosiego” sobre el césped junto a la toalla, apartado para que no le salpicara el agua, me levantaba para saludarles, por supuesto, y en alguno observaba una línea de vigotillo Errol Flynn, recta y canosa sobre la sonrisa en la que podía brillar el engarce metálico de un puente dental, o un premolar de oro. He visto en Imágenes de Google que Pessoa lucía un bigotito triangular más antiguo todavía; en pocas fotos sonríe, en ninguna enseña dentadura.
Mi padre, que también nadaba a su hora, era más cuidadoso al interrumpir mi lectura: ¿Qué haces?; ya ves, leo a la sombra; el agua está muy buena, ¿no te bañas?; ya me he bañado; ¿vendrás a comer a casa?; sí, antes me daré otro baño; yo me marcho ya; ¿tan pronto?, si acabas de llegar; daré una vuelta hasta que me seque y vale; ¿por qué no traes una toalla?; ¿para qué?, me seco al aire; pero te vas quemar, mira que este sol no es como el de antes; qué va, ¡qué me voy a quemar!; tampoco traes chancletas, puedes coger hongos; ¡anda ya!, hongos, ¿qué hongos?, si todo está lleno de cloro; como quieras; entonces, ¿cuándo vendrás a comer?; luego.
Y, más blanco aún que yo, mi padre se paseaba al sol sin quemarse, saludaba a otros socios hasta que se secaba; con una sonrisa impecable, sin metales ni empastes de ningún tipo en esa dentadura sana como la que he heredado; su simpatía no, su simpatía natural se quedo en su genética. Yo nunca le vi con bigote.

Los amigos de mi padre llevaban el traje de baño en una bolsita, con un peine y nada más; iban a la piscina sin toalla ni chancletas; nadaban al estilo que aprendieron en el río o en el mar de su pueblo, sin cursillos de natación; y se secaban al aire. Hecho de menos sus interrupciones. No las puedo recuperar porque mi padre y sus amigos no van a la piscina, los borraron, ya no son socios; es lo que pasa cuando te mueres, está escrito en la normativa interna del club y hay que acatarla.


domingo, 12 de agosto de 2012

Acuarelista dominguero III

No he ido a nadar ni a pintar cuadraditos. He pasado toda la mañana con un troyano. Me lo advirtieron hace meses. Un policía desenmascaraba al “virus de la policía” en las noticias de La 1: Un timo, oigan, ni se les ocurra pagar. Por eso no ha cundido el pánico.
La culpa ha sido del Facebook. Un artista amigo, y  “amigo” de Facebook, recomendaba unos vídeos chorras en  “el muro”. He pinchado en uno: Ver vídeo divertido. ¡Toma ya, la página de la pasma!, por fin me ha salido. No ha cundido el pánico, repito. Y miento, sí, cundió un poquito de pánico. Móvil en mano, llamo a mi cuñado informático. No me coge, quizá sea pronto todavía, las 11 y media de un domingo. A ver cómo era esto. ControlAlt+Sup…. Nada, ni se inmuta. Ay, ay, ay. Apago a la tremenda mediante el interruptor de la CPU y enciendo pulsando F8. Tampoco. Repito con ejercicios pianísticos sobre las teclas F8 y Enter y me cago en el Facebook.  Lo miro poco, algún sábado o domingo; no me gusta su interfaz, no es nada personal, pero es que lo cambian cada dos por tres. Lo mejoran, dicen. ¿Por qué no se estarán quietecitos? Me llegan mensajes al buzón de correo: “Facebook, tienes 4 amigos que cumplen años esta semana”. ¿Pero quién cumple años esta semana? Busco la pestaña de eventos y no la encuentro. ¿Donde están los eventos? Ya me los han cambiado de sitio. Me cago en el Facebook, otra vez.

Es que lo usas poco, me dice un amigo DAF (de antes de Facebook), ya te acostumbrarás. Y menos que pienso usarlo porque lo tengo petao de “amigos” desconocidos, le respondo. Eso es por pulsar sin restricciones la tecla “aceptar amistad”, replica.
¿Cómo voy a rechazar una solicitud amistad, con lo cara que está la amistad en este mundo? Yo me negaba a sospechar que un mundo internauta y solidario podía resultarme tan pelma. ¿Y quién demonios es compartearteweb que me envía columnas y columnas de mamarrachadas y me tengo que arrastrar varias páginas abajo hasta encontrar el enlace de algún conocido que antes me ha recriminado por no leer nada de lo que publica en el muro? Si no lo leo es porque no lo encuentro, porque los sábados y domingos se me llena todo de arte interesantísimo que me importa un bledo, y, cuando me topo con una cara conocida, va esta y llama a la poli. Una poli falsa, dicen. No sé yo.

A ver, que lo intente de nuevo. Apagar con el interruptor de la CPU. Encender. Pulsar F8 y más ejercicios pianísticos tecleando F8 y Enter. Funciona. Algo sale. ¿Encender en modo experto? ¡Menudo experto! Venga ¿Qué pasa? ¡La pantalla negra no! Pavor. ¿Recuperar sesión anterior? Sí, dale, dale. ¿Cómo que no se puede recuperar la sesión? ¡Mierda!, se reinicia y reaparece la llamada policial; hemos topado con un troyano resistente. Respiro hondo, apago a la tremenda. Ojalá no se funda la placa base, o la placa madre o la madre que la parió. Enciendo otra vez. F8 y Enter al tuntún. Elijo abrir en modo experto, sí, sí, experto. Sale el mensaje con dos pestañas. No me acuerdo cual he pulsado antes. Pito, pito, gorgorito, y aparece mi escritorio de Windows pero en fondo negro. Por fin puedo hacer algo. Paso el antivirus y parece que no detecta al bicho. Luego busco en interné: “soluciones al virus de la policía”. Sigo las recomendaciones y a la tercera intentona todo vuelve su ser, sano y salvo. Estoy agotado. Además se ha nublado el día; no iré a la piscina pero me da tiempo a ver por la tele el final de la maratón olímpica masculina.

No puede ser. Resulta que un tal Kiprotich va primero y tercero a la vez; y corre con la camiseta de Uganda, de marca Puma, y también con la de Kenia, de marca Nike. Calma, ten paciencia. Pronto obtendrás una explicación.

domingo, 5 de agosto de 2012

Acuarelista dominguero II

Me he cronometrado. Por supuesto que llego a pintar 10 cuadraditos a la hora. ¡Y muchos más, cómo no! Me gusta ir al estudio con un propósito cercado aunque esto me resta incertidumbre y, posiblemente, creatividad.
Hoy he leído un artículo sobre los efectos relajantes de la música por una liberación de endorfinas que se produce en el espectador cuando se anticipa a una nota de la partitura. El artículo se refería a la música con melodía; no decía nada de la liberación de endorfinas escuchando música atonal, ni dodecafónica. Entre líneas he entendido que pinto cuadraditos verdes con variaciones cromáticas y tonales en sucesiones más o menos armónicas. Improviso y, cuando el efecto del color es el esperado, mi cerebro libera endorfinas. No sé cual es el efecto esperado, mi deseo pulula en un orbe abstracto sugerido por los cuadraditos contiguos. No es pintura dodecafónica, ni atonal, ni mucho menos contemporánea. Nada novedosa: mi incertidumbre es de baja intensidad; pero una incertidumbre acotada en un papel también es incertidumbre. Siempre envidié la incertidumbre de los pintores. Incertidumbre en el meollo del trabajo, sin rodeos y al grano. O, por lo menos, yo creía que sabían por dónde buscar su incertidumbre: en el cuadro, delante de las narices o debajo si hacían dripings. Nunca entiendo a los pintores cuando hablan de su pintura o la de otros, así que, seguramente, mis amigos pintores rebatirán esta opinión sobre la incertidumbre. Dirán que la suya más extensa, mucho más, y que me pasa como a todos: que veo mayores mis problemas que los ajenos.
Alguien propondrá que también hay pintores certeros, sin incertidumbres. Puede ser. Yo con esos no hablo.