miércoles, 10 de agosto de 2011

La extraña felicidad de Tobold

“Sí, hay momentos en la vida en los que no podemos entender por qué estamos de tan buen humor. Las alegrías no se convocan con órdenes ni con deseos: de pronto están ahí, y pueden desvanecerse tan caprichosamente como aparecieron.”

Robert Walser. “De la vida de Tobold” y publicado en “Vida de poeta” por Ediciones Siruela.
A Tobold le gustaba el trabajo: era un criado en el castillo del conde. Entendía por qué era feliz aunque lo olvidaba mientras tanto. Nos lo ha descrito antes: el paisaje le hacía feliz, el frescor matinal, los colores del otoño le alegraban la vista, la luz que entraba en los salones comunicados del castillo. Entendía que la alegría es pasajera, que tan pronto aparece como desaparece junto a las cosas pequeñas. Por eso se conformaba con sus labores de sirviente que le ofrecían felicidad perecedera, pero felicidad al fin y al cabo. Tenía todo lo que podía pedir porque, si pedía más, se arriesgaba a sentir la frustración que vislumbraba entre sus vecinos y compañeros de trabajo.
Walser lo narra (a lápiz). Tobold no es Walser, no debo olvidarlo. Puedo creer a Enrique Vila-Matas cuando me dice que Walser es un ejemplo de escritor subalterno, pero me equivocaría porque quien me dice esto es un tal Rosario y, hasta donde sé, Rosario Girondo es un escritor que intercala en su diario un diccionario de autores de diarios personales en la historia de la Literatura. Diccionario que emprende después de escribir su nouvelle “El mal de Montano” que ocupa todo el primer capítulo de la novela titulada “El Mal de Montano” de Enrique Vila-Matas; quien no habla conmigo: escribe la novela para su editor, para sí mismo, para sus lectores que nos confundimos y mezclamos autor con personaje por la manía esta de narrar en primera persona. A Vila-Matas le va eso de confundirnos, de hacernos entender que escribe sobre su vida barcelonesa en la Travesera de Dalt o en una calle cercana (creo haberle visto por allí, no pretendía espiarle ni saber dónde vive; sólo un poquito, pero no soy curioso). En “El mal de Montano” me confunde, pienso que habla de sí mismo y habla del tal Rosario Girondo. Desconozco dónde irá a parar porque voy por la mitad. Si ustedes han terminado la novela, no me la cuenten de momento.
Por otro lado, “Walser es asperger”, concluyen en una revista médica chilena que acabo de leer. Los comportamientos peculiares tienen un diagnóstico y pierden esta peculiaridad cuando se diagnostican. ¡Vaya mierda!, permítanme opinar. Menuda decepción psiquiátrica (mierda y decepción, la conclusión literaria; no el artículo de la revista chilena, muy documentado y ameno).
Un psiquiatra del centro de salud mental de mi barrio ha anotado que muchos comportamientos peculiares de nuestros vecinos derivaron en patología susceptible de modificar con la medicación adecuada. ¿Modificar hacia dónde?, ¿con qué resultado?, se pregunta el psiquiatra. ¿Hacia un carácter normal? O sea que el carácter es una patología y un carácter normal es una falta de carácter. ¿No es eso otra patología? Vivir es una patología mortal, indudablemente, y ahora los caracteres son patologías diagnosticables porque, como ha escuchado alguna vez en su consulta: “aquí el que no corre vuela”.
“El pentotal paqué”, lee Rosario Girondo en el diario de su madre que se llama realmente Rosario Girondo porque el escritor protagonista firma sus novelas con un seudónimo que corresponde al nombre de su madre, un matrónimo, nos dice Rosario Girondo o Enrique Vila-Matas; no sé si me explico, lean la novela, no perderán el tiempo; o sí, porque mi cuñada perdió el tiempo con “El mal de Montano”. No demasiado. “Buf”, pensó, “menudo rollo”, y lo cerró a la cuarta o quinta página según me contó mi hermano por teléfono.
–He empezado un libro que compró M. y abandonó enseguida. Un rollazo le ha parecido. Se titula El mal de Montano.
–Pero… ¡si debe de estar muy bien! –le digo–, es de Vila-Matas, he leído bastantes de sus libros, aunque éste me falta.
–Es que me aburren las novelas, no quiero entretenerme con historias que no me enseñan nada; paso de cuentos, ya me entiendes…
–Precisamente. Vila-Matas cuenta cosas, intercala reflexiones, tiene humor, habla de literatura… –me doy cuenta de que, si no le interesan las novelas, menos le va a interesar una metanovela, pero no me desdigo– Te gustará porque no va de piratas ni de amor como las que dices que te aburren, creo. Ésta te dará a conocer otros escritores, quizá a filósofos, a pintores. Algo aprenderás… no sé, yo no la he leído.
–Pues cuando vengas a casa te la llevas, no la necesito para nada.
Dos semanas más tarde obtuve mi mal de Montano.
–Sí, parece que está bien, dijo mi hermano al entregármela.
No la había leído, pero la había hojeado e incluso subrayó las palabras “Pere Gimferrer” y la frase: “El pentotal paqué”.
El psiquiatra del centro de salud mental de mi barrio tampoco sabe paqué, pero sí sabe paquién: patodos, el pentotal patodos.

Me resulta extraña esa felicidad de Tobold. No recuerdo un momento de felicidad sin motivo. Debe de ser hermoso, una experiencia embriagadora, de poeta. Pero no soy poeta, ya lo saben, porque, aunque la palabra impoética no existe en el diccionario, se entiende fácil, y vale, les confieso que tampoco yo soy yo. Soy otro. No, no soy un sapo impoético; como ya sospecharán, soy sencillamente prosaico (en español o castellano, como prefieran). Si estoy alegre, no me paro a pensarlo, pero encontraría un motivo; podría deberse a un vino excelente o a varios regulares pero embriagadores en su expresión más prosaica; o estoy feliz porque me he levantado sin resaca y no me duele nada; o porque me han comprado una pieza, quizá un escultura, y llegaré al colmo de la alegría si encima me la pagan; o porque me sonríen por la calle; o porque en mi correo electrónico, después de limpiar toda la morralla de Exit-expres, w3art, Arteleku boletín, ofertas de la tarjeta del Corte Inglés, ofertas de PayPal, Jazztel, MoviStar adsl, y Easyviajar, aún me queda en el buzón algún mensaje de amigos o conocidos. Me alegro mucho, pero mucho, cuando los vecinos de arriba salen de casa y el ruido cesa; soy bastante feliz durante este verano templado y sin sofocos; me alegra el aroma a tierra mojada después de la tormenta, pero esto es contar demasiado, no pretendo aburrirles, ni quiero explorar la alegría. Como Tobold, no exijo más, me conformo y con canciones sencillas, como esta de los Specials que cantaba Amy Winehouse.


 Durante los minutos musicales, he avanzado algunas páginas, he llegado a la entrada “Pavese, Cesare” del diccionario de Rosario Girondo, y leo:

“Voy a ir a la cocina a tomarme un yogur, iré acompañado por el amigo desesperado que va siempre conmigo, ese amigo que soy yo mismo y que, para no caer en las garras de la maldita desesperación, escribe este diario,…”
¡Atención que ahora sí!, ahora por fin va a destaparse Vila-Matas como el amigo desesperado de Ricardo Girondo, no sé, o tal vez confiese que es el mismo Ricardo Girondo aunque yo tampoco descartaría que se identificase como el yogur que hay en la cocina. ¡Leche! No puedo con la intriga. Les dejo.


El ejemplar que superó la postergación


martes, 26 de julio de 2011

Manual de instrucciones para veletas


El 1 de agosto viajaré al Polo Norte o al Sur, no lo sé todavía. Estaré una semana o cinco días porque no me gustan los viajes largos y antes de salir ya pienso en la vuelta, en la tranquilidad cotidiana del hogar con la maleta vacía y guardada en el estante más alto del armario empotrado. Para un periodo tan breve será mejor elegir el trayecto más corto, sí, creo que me decidiré por el Polo Norte.
Empiezo a redactar mi lista de equipaje con lo imprescindible y lo accesorio. Lo accesorio diferencia al viajero, define su personalidad, y la personalidad es muy importante, “Sé tu mismo” o “Sé tu misma”, “Be water my friend”, proclama la cultura coca-cola en boca de Bruce Lee que era chino y decía lo mismo y lo contrario a la vez: adáptate a las circunstancias como el agua a la taza y al calor para ser tu mismo. Entre lo imprescindible destacaré el cargador del teléfono móvil, que es Nokia, y, aunque en el círculo polar ártico será facilísimo encontrar un cargador de esta marca, es mejor llevarlo a mano desde el principio; no olvidaré el cepillo de dientes, el dentífrico blanqueador y el elixir Licor del Polo; una brújula; mi nuevo ordenador portátil y el ipod. La lista de accesorios es más larga, tampoco me extenderé en detalles y señalaré, por ejemplo, el estuche de acuarelas Rembrandt para paisajes blancos, el bloc de papel acuarelable surtido con hojas de diferentes tonalidades blancas para acuarelistas esquimales y los pinceles de marta kolinsky; la cámara de fotos full frame; el trípode Manfroto y mis lecturas de verano para el Polo: “Mi visión del mundo” de Albert Einstein, “Nord” de Céline con el diccionaro “Larouse” porque el francés de Céline no resulta fácil, una versión bilingüe ingles-español de textos de William Morris bajo el título “Arte y Artesanía”, la edición Valdemar de “Franz Kafka cuentos completos (textos originales)”, que reúne ediciones autorizadas de Kafka y escritos que no han sido filtrados ni alterados por Max Brod amigo y artífice de la recuperación de la obra del escritor, y “Estrella distante” de Roberto Bolaño.
Desconozco si las expediciones de Peary, Cook, Shackleton, Scott y Amundsen llevaban o no una veleta entre sus equipamientos. Pero yo sí, yo añadiré una veleta en mi lista como accesorio necesario. Tampoco sé si “accesorio necesario” forma un oxímoron porque es mejor oxímoron un “accesorio imprescindible” y tal vez debería escribir dos listas: una de accesorios y otra de imprescindibles para poner los imprescindibles en la lista de accesorios y viceversa y así obtener dos listados de oxímoros: mis oxímoros personales, porque, como ya he referido antes, lo accesorio define al viajero y mi espíritu multiplicaría oxímoros privados si intercambiase el listado de accesorios esenciales con el de imprescindibles opcionales.
Las dudas llegan acompañadas y la veleta me trajo muchas y muy importantes referidas a su modo de uso: ¿Cómo instalar una veleta correctamente orientada en el Polo Norte? ¿La instalaré en el Polo Norte magnético o en el Polo Norte geográfico? ¿En cualquiera de los dos casos, cómo la orientaré hacia el este y al oeste para que me indique la dirección de los vientos?
La veleta se compone de un eje vertical sobre el que se prolonga y gira un plano de oposición contra los vientos y una flecha que indica la dirección de la resistencia. Debajo, en un plano perpendicular se coloca un aspa o cruz griega que señala los puntos cardinales. Una veleta se instala fácilmente orientando el norte del aspa hacia el norte magnético con la ayuda de una brújula. Pero en el Polo Norte las brújulas fallan, justo sobre el Polo magnético la aguja da vueltas locamente sin parar, cerca del Polo la aguja señala al sur o a cualquier otro punto sin ninguna precisión. Una veleta en el Polo Norte siempre apunta al sur. Los cuatro extremos del aspa miran al sur y dos de los extremos también deberían mirar uno al oeste y otro al este, pero me faltan recursos para orientar correctamente estos dos puntos cardinales con los extremos del aspa. Mis conocimientos de niño boy scout son insuficientes porque el Polo Norte geográfico está sobre el Océano Ártico donde, evidentemente, no crecen árboles para rastrear el musgo hacia el norte en las cortezas, y, en verano, el sol allí no se pone, no podré avistar la estrella Polar en el cielo nocturno; todo se complica aún más porque tampoco podré localizar el este y el oeste fijándome en la salida y en la puesta del astro rey. ¿Necesito un navegador GPS? ¿Qué es eso y cómo funciona? Mejor me compro una cámara compacta con GPS incorporado, así, mientras saco fotos de viaje, conseguiré orientarme, encontrar el Polo Norte geográfico y situar mi veleta con la cruz mirando al este y al oeste además de al sur. Sí señor, una buena compacta con GPS. ¿Pero cuál elegir? ¡Vaya lío! El catálogo de compactas es infinito. No lograré decidirme antes del fin del verano. Si busco una cámara de esas, no saldré hasta dentro de unos meses, cuando el Polo Norte esté en medianoche permanente y todas las fotos saldrán oscuras, un desperdicio porque las compactas toman fotos horribles cuando hay poca luz, imágenes con “mucho ruido en las sombras” sobre el que discuten en sus aburridos foros los canonistas, nikonistas, panasonistas, samsungistas, fugistas, ricohistas olimpusistas sonystas pentaxistas y etceteristas. De cualquier forma, mi experiencia de fotógrafo me dice que la electrónica de las cámaras falla a temperaturas bajas. Quizá el clima de verano en el Polo Norte no sea tan extremo para Amundsen como para una cámara digital compacta. ¡Un mar de dudas!, eso es lo que me sugiere el Océano Ártico. Así que apunto entre los accesorios de mi lista mi única cámara mecánica: mi vieja y pesada Mamiya RB de formato medio –me perderé y me hundiré en el hielo con ella, pero las fotos serán extraordinarias– y aparece Fofito Grillo a darme la tabarra con todo lo que se ha leído en los foros de canonistas, nikonistas, panasonistas, fugistas, ricohistas olimpusistas sonystas pentaxistas y etceteristas. ¡Qué pesado eres, Fofito Grillo! ¿A qué vienes ahora con la rayada polémica entre fotografía digital y analógica, zanjada y resuelta a favor de la primera? ¿Y qué manera de hablar es esa? ¿Desde cuando llamas fotografía analógica a las fotos de toda la vida? ¡Déjame terminar mi lista, grillo pelma! Ya conoces el enojo que me provoca decidir sobre algo, y esto del Polo me esta resultando más difícil de lo que pensaba: la veleta me da muchas vueltas en la cabeza. Tropiezo con una dificultad añadida: necesito una veleta con el aspa de orientación rematada por cuatro “S” de sur y también con una “O” de oeste (o “W” si se prefiere el inglés internacional)) y una “E” de este. Una veleta especial que no señale al norte porque ya estaré en el norte, que tengo que fabricar yo mismo o comprar en el destino, donde deberé encontrar alguna ferretería con artículos de ese tipo, porque ahora es vacación y no puedo encargar a un taller de calderería que me fabrique un aspa especial para veletas de Polo Norte antes de mi partida.
Demasiados problemas. Voy a recapitular mientras Fofito Grillo me sigue comiendo la oreja con las ventajas de la fotografía digital, el formato Raw y sus conversores, el Capture One mejor que el PhotoShop Camera Raw dónde va a parar, el rango dinámico, los perfiles de color, la absurda carrera de los megapíxeles porque, si no pretendes empapelar toda la casa con una sola fotografía, no necesitas para nada tantos píxeles, lo importante es la calidad que se consigue con unas buenas lentes alemanas y demás topicazos fotodigitales: no soporto a Fofito Grillo. Como decía, recapitulemos: Los últimos veranos me aborda el antojo de viajar al Polo, quiero ir al polo Norte [1]; redacto una lista con los artículos accesorios e imprescindibles de mi equipaje [2]; lo accesorio define al viajero más que lo imprescindible [ 3]; “accesorio imprescindible” es un oxímoron [4]; no hace mucho que conozco la palabra “oxímoron” y por eso la calzo en este texto como sea; muchas de las obras que realicé mientras ejercía de artista llevan por título un oxímoron –“Oxímoron” sale mucho en textos de Borges y me suena a antiinflamatorio y  a complejo vitamínico o vigorizador sexual. “Tómese un oxímoron, su pareja lo agradecerá, consiga un par centímetros extra”. También puede sonar a magrebí alto teñido de rubio platino si se pronuncia aguda en vez de esdrújula– [5]; anoto una veleta entre los accesorios y se me plantean graves dificultades para instalarla correctamente porque el Polo Norte “es el único lugar de la Tierra donde todas las direcciones son sur”, anuncian las agencias de viajes y expediciones árticas [6]; si me pierdo en el metro de Bilbao con sólo dos líneas, ¿cómo podré orientarme entre la orografía y climatología del círculo polar ártico? [7]; llegar al Polo Norte a pie en verano es algo peor que desaconsejable [8]; Fofito Grillo ya me sugirió que, por el deshielo de estas fechas, es mejor ir al Polo Sur que está en un continente de tierra firme, pero como me saca de quicio prefiero llevarle la contraria, sin contar que ahora, en el Polo Sur, es invierno y las condiciones atmosféricas lo hacen incompatible con la vida [9]; sospecho que Fofito Grillo quiere deshacerse de mí [10].
¿Saben qué? Me reafirmo en lo que he escrito ya tres veces. Que los accesorios definen al viajero, y esta veleta me define, porque me plantea problemas que no me atrevo a resolver sobre el terreno. La veleta me impide viajar al Polo y me califica como alguien que no sabe por dónde sopla el aire. Cambio de opinión y me rajo. Soy un veleta. Me quedaré otro agosto en casa pegado al ventilador, en la sombra y leyendo publicaciones sobre expediciones pioneras a los círculos polares, ilustradas en blanco y negro con barcos encallados en el hielo, occidentales cejudos y barbudos embozados en piel de foca al lado de esquimales, trineos tirados por perros o ponis, icebergs y otras estampas refrescantes.
Me veo confortablemente instalado como un intrépido viajero sedentario en este final de la aventura: final feliz con oxímoron.

Roald Amundsen en el Polo Sur, el 14 de diciembre de 1911
  


martes, 21 de junio de 2011

Un nuevo verano

Vendrán otras. Hoy, a la siete y dieciséis de la tarde, se marchó esta primavera en la que una serie de acontecimientos me han impedido atender esta impoética como hubiera deseado. El pasado viernes entregué, en la ventanilla correspondiente, las tareas que me han venido ocupando y me han privado de la primavera, de las alergias y hasta de la luna de sangre. Porque este último plenilunio no puede ver el eclipse. Lo escuché por la radio sí, pero no es lo mismo.
–La luna de sangre protagoniza esta hora dedicada al flamenco –decía el locutor en el programa “La nube”–. Nosotros, encerrados en los estudios de Radio 3, no podemos disfrutarla pero invitamos a los oyentes a asomarse a la ventana.
Yo tampoco podía ver nada enclaustrado en mi taller para terminar las maquetas de los proyectos que debía presentar antes del viernes. Decidí salir a la calle del barrio de inmigrantes y de trabajadores donde tengo mi taller. El cielo era azul claro, a las diez no era de noche. Esperé a las diez y media, el cielo se volvió añil pero no veía la luna. Me acerqué hasta una campa habilitada como eterno aparcamiento provisional. Tampoco se veía la luna. Verdaderamente es un barrio bajo y humilde. En el centro del aparcamiento, nada pequeño por cierto, las casas mejor construidas de los terrenos altos y aireados encerraban nuestro cielo en un polígono donde no entraba la luna. Detrás de una fila de estos edificios se intuía un resplandor violeta procedente del eclipse anhelado, aunque también podía deberse a un reflejo del alumbrado público de los barrios más altos. La luna de sangre radiofónica resultó ser una pija caprichosa que no quería asomarse por un suburbio con artista anfibio, con gitanos, con inmigrantes magrebíes, subsaharianos, de América latina, de Europa del este, y familias de payos que hace décadas llegaron desde distintas regiones para trabajar y vivir junto a la fábrica de piensos Sanders. Se trataba de una luna modernita y consumista que no ha leído a García Lorca pero se ha visto todos los DVDs de la saga “Crepúsculo” con “Eclipse” incluido. De vuelta en mi estudio los de “La nube” despedían el programa confesando que entre canción y canción habían subido a la azotea para disfrutar del espectáculo. No quiero describir con precisión el objeto, pero la maqueta que yo entonces terminaba era un garabato de alambres con líneas orbitales y satélites. “No importa, yo tengo aquí mis propios eclipses”, pensé, “y si los pinto de rojo también obtendré mis propias lunas de sangre”. Pero semejante estupidez no consiguió aliviar mi espíritu desangelado. Me lo perdí todo: el eclipse, la luna de sangre y la luna llena. ¿A qué viene tal desazón? ¿Me he vuelto poético? Las sospechas de esta nueva metamorfosis no son infundadas. Más adelante, relataré por orden los acontecimientos.

sábado, 11 de junio de 2011

LA VILLANA GENEROSA

Advertencia: las siguientes imágenes contienen violencia extrema y pueden herir la sensibilidad de algunas personas.







domingo, 5 de junio de 2011

El lector de citas imagina un artefacto literario de simetría polar


Ascendente, septiembre de 1954. Sin título, sin fecha.
Pablo Palazuelo
 
Sería pertinente para el lector de citas precisar que Palazuelo respondía en francés a una entrevista de 1974. Una copia de la grabación se subtituló en español en 2010 para incluirla en la exposición “Palazuelo, 13 rue Saint Jaques (1948-1968)”, dedicada a los 20 años que el artista vivió en la capital francesa. Sería conveniente aclararlo porque las palabras se desgastan o evolucionan, no suenan igual en cada tiempo y lugar. Habría que considerar, también, la técnica de escribir subtítulos que consiste en abreviar, buscar frases cortas que el espectador lee mientras aprecia las imágenes. El subtitulado no es literal, no se detiene palabra por palabra y extraer subtítulos no es, por tanto, lo más conveniente para reflejar las palabras de un personaje.

“Yo creo que eso a lo que llamamos intuición, imaginación, es una memoria. Porque a la intuición nadie ha podido aún describirla, nadie dice qué es o se la describe como una revelación, como una aparición, pero al final lo que es… es un recuerdo que se remonta a un determinado momento anterior”.
Pablo Palazuelo.
Así aparecen las citas: entrecomilladas, aisladas y delante del nombre al que son atribuidas; literales para expresar ideas y actitudes del citado. Pero Palazuelo dijo más. Previamente contó que había encontrado su camino después de algunas tentativas; de leer sobre lo que no había previsto interesarse; lecturas de geometría antigua y sagrada, sobre los pitagóricos, estudios de geometría euclidiana, de geometría griega, y tratados de geometría oriental, árabe, china y de la India. Luego habló de pintores espirituales, de formas espirituales, de relaciones ideales entre formas y colores. Afirmaciones importantes porque si la cita nos dibuja un Palazuelo escéptico, estas confesiones lo desmienten. Cree en fenómenos intangibles y en formas espirituales. Su definición de la intuición explica cómo llegó a esas formas tan características de un estilo urdido por estudios de geometría, por su admiración por Malevich y por sus propios recuerdos.
Si ignora todo esto, el lector de citas es libre para perderse por derroteros y sacar conclusiones independientes a las que apuntaba el pintor en su conversación. Podría entender por ejemplo que, si la memoria es la fuente de la imaginación, los artistas no son magos, ni hadas ni agitan una varita mágica para obtener arte de la nada, ni son genios como el de Aladino que concede deseos si le frotan la lámpara, aunque sabe que muchos artistas frotan lámparas, chepas u otras partes sensibles de sus gestores y mecenas para mejorar su productividad; el lector de citas podría pensar que la creación es parecida a un Abracadabra de prestidigitador, de un tahúr que esconde cartas bajo la manga y un conejo en el doble fondo de la chistera, porque “Manga” o “chistera” operarían como la memoria aludida por Palazuelo, y el artista sería un mago de feria que se estruja las meninges para mostrar el truco más imaginativo que recuerda, porque no hay más cera que la que arde, pero hay bastante, tanta como memorias y artistas si a cada artista se le asignase una. Sin embargo no es así –observaría el lector de citas a continuación–, porque hay artistas que saben disponer de otras memorias. Artistas esmerados que exploran en su propia memoria y en la de los demás para manejar así varias intuiciones; artistas copiones y geniales que olvidan citar el nombre de sus proveedores de memoria porque no son historiadores y es intrascendente que revelen o no sus fuentes. Lo importante son las obras, lo que queda. No hay que registrar más que la firma del último copión aún a riesgo de que la humanidad no perciba el ingrato sacrificio que supuso una abnegada trayectoria de usurpación de ideas e imágenes ajenas. El plagio es súper creativo pero difícil de reconocer; sólo en ocasiones, algún plagiado agradecido lo pone en conocimiento de las autoridades que mediante largas deliberaciones decide homenajear al copiador con el título de insigne plagiario. No suele haber consenso y, tras las apelaciones, es habitual llegar hasta el Tribunal Supremo que dicta una sentencia irrevocable. Al buen plagiario, en un arrebato de humildad, no le agrada reconocer sus virtudes. Se es artista si se quiere, y algunos no quieren aunque parezca increíble. Un ejemplo reciente es el del escritor y académico Arturo Pérez Reverte, quien, haciendo gala de una modestia modélica, intentó desprenderse de su nombramiento –por sentencia de un Tribunal Provincial– alegando méritos ajenos, “emboscada”, “chantaje” y conspiraciones contra su persona. Pero en sus declaraciones muestra un gran conocimiento de la técnica plagiaria. Dice, por ejemplo, que él nunca copiaría a un desconocido, poniendo así el dedo exactamente sobre esta clave del genio copiador: explorar entre los desconocidos para desvelar la memoria colectiva más recóndita. No se ha cerrado el consenso: Pérez Reverte ha llevado su caso al Tribunal Supremo y siempre quedará una duda porque incluso el Supremo se equivoca a la hora encumbrar genios. Los magistrados no lo saben todo en materia de arte. Se les escapan probabilidades amparadas por el axioma “las ideas están en el aire” y por la Geometría, que alega que dos o más líneas oblicuas de un plano confluyen en un punto del espacio, y que dos o más planos oblicuos coinciden en una línea que funciona como bisagra, y muchas líneas oblicuas que pertenezcan a esos dos o más planos pueden constituir un haz de un número ilimitado de líneas que coincida en un punto de la bisagra: el punto por donde todas esas líneas y planos pasan. Un punto localizado en el espacio, –o en el aire si se prefiere nombrar así–.
Igual que un número infinito de líneas coinciden en planos que comparten un punto, también las palabras coinciden en libros cuyas páginas son planos que se juntan en el lomo que hace de bisagra o charnela, y las letras y las palabras se disponen en renglones paralelos que por ser paralelos no pueden confluir en un punto del lomo o bisagra pero, si fuesen oblicuos, sí cabría esa posibilidad: la posibilidad de que todas las líneas de la página mirasen hacia un mismo punto del lomo. Y si todas las páginas del libro se juntasen por ese punto, girarían sobre él en vez de sobre el lomo; y si todos los renglones siguiesen las líneas oblicuas que coinciden en ese punto central, éste se parecería al centro de una de esas bolas de pelusa que sueltan los álamos en primavera, que se desplazan por el viento y se desvanecen o caen sobre la acera o sobre tierra fértil donde les queda una mínima posibilidad de germinar, una posibilidad remota que se cumple porque los álamos existen y dan fe de ello.
Ahora el lector de citas flota en el aire junto a las pelusas de los álamos. Se siente perdido. Se ha alejado demasiado y tiene que pararse a imaginar cada página del libro de renglones oblicuos que se juntan en un vértice como las varillas de un abanico desplegado. Se imagina el diseño: un libro de varillas oblicuas fijadas en un punto, de páginas en forma de abanico abierto que completan una esfera que se parece a las bolas de pelusa de algunas plantas. Una bola de espín en cuyas púas se sujetan las palabras. Un artefacto literario en toda regla. –No el artefacto figurado que mencionan los críticos para referirse a un libro de genero inclasificable–. Y el lector de citas recuerda otra vez a Borges que encabezaba sus relatos con citas. Recuerda que la ficción titulada “Pierre Menard autor del Quijote” excepcionalmente empezaba sin cita; al grano. Pierre Menard quería escribir el Quijote palabra por palabra y línea por línea. Sin haberlo leído, sin copiarlo, emprendió una obra literaria más valiente, sutil y ambiciosa que la de Cervantes. Un reto que hubiera resultado menos difícil si Pierre Menard hubiese escrito su Quijote en el artefacto literario que imagina el lector de citas. Porque la dificultad de la empresa se compartiría entre escritor y lector del Quijote a partes iguales. Pierre Menard dispondría las palabras en las varillas: una sola vez cada palabra y en una única varilla del libro. No repetiría ni reordínaría las palabras como en un Quijote de Cervantes. El lector giraría el artefacto literario hasta encontrar la combinación exacta de párrafos, páginas y capítulos. Haría falta lectores avezados. Al gran talento de “Pierre Menard escritor del Quijote” le respondería un no inferior talento del lector de “El Quijote de Pierre Menard”. Esta simbiosis perfecta culminaría la obra. Un equilibrio de talentos frente al amasijo de palabras sin puntuación, aunque este aspecto es menos novedoso para el lector de citas, que sabe que las primeras ediciones del Quijote carecían de puntuación.
 Muy a menudo aparecen citas de Borges o citas que se refieren a Borges. Recientemente el lector de citas encontró:

“–¿Usted sabe quién fue Jorge Luis Borges?
–Sí, ¿no fue el que escribió El Quijote?”
Un profesor y su alumno de filología románica; Universidad “Georgia-Augusta”, Gottingen, Alemania, febrero de 2007
La cita seguía al título “Contribución a un breve diccionario biográfico del expresionismo” de un relato de Patricio Pron que empezaba con la biografía de un poeta alemán empeñado en escribir el Fausto de Goethe del mismo modo (y unos años antes) que Pierre Menard su Quijote. La cita, inventada o real, guía a Pron en la redacción de su “diccionario del expresionismo”; pero el lector de citas no puede imaginar un poeta expresionista escribiendo el Fausto en su artefacto de varillas. Su libro espinoso y esférico se funde mejor con el recuerdo de objetos borgianos, porque en su memoria pesa demasiado el libro de plomo de Anselm Kiefer y otros talabartes neoexpresionistas. Quizá otro día su artefacto será expresionista, ahora no. Ahora está exhausto. Ha leído muchas citas en portadas de libros, en solapas, en colofones, en medio de los capítulos; en la calle, citas pintadas en pancartas, talladas en pedestales, bajo las estatuas, en mármoles de cementerios y en fachadas de edificios; como la grabada en un friso del Casón del Buen Retiro, que ahora le viene a la cabeza y no desea interpretar:

“Todo lo que no es tradición es plagio”
Eugenio d’Òrs


lunes, 2 de mayo de 2011

Noche de insomnio

Esta madrugada tocaba insomnio. Cosas que pasan. Yo en la cama, acosado por el insomnio, mientras en Asia abatían al criminal más buscado del planeta. Me levanté y puse la televisión donde esperaba encontrarme con Vicente Vallés y la emisión en diferido de “La Noche en 24 Horas” que me ha acompañado en otras sesiones insomnes, pero me topé con Julen Lopetegui que analizaba los partidos del siglo Madrid-Barça y viceversa. Se recalentaba motores para le eliminatoria del martes y a mi me asaltó una enorme duda, como siempre; ustedes perdonen por mis dudas persistentes y por mi expresión grosera, pero no sabía si la resolución de esta semifinal de la UEFA Champions League me la pela, me importa un rábano o ambas cosas a la vez. Decidí aplazar la resolución de mi gran duda hasta el martes después del partido y me volví a la cama con mi insomnio en el momento en que, según las agencias de información internacionales, el helicóptero de un comando justiciero sobrevolaba la guarida del malhechor.